Entrevista a Paloma Sánchez-Garnica: “De mayor quiero ser como Ana María Matute”

Nos tenía acostumbrados a relatos ubicados en la lejana Edad Media. Y lo cierto es que el éxito de sus obras anteriores —El gran arcano, La brisa de Oriente y El alma de las piedras— confirmaba que era capaz de trasladar hasta el mismo corazón de este periodo histórico a cualquiera de sus lectores. Sin embargo, Paloma Sánchez-Garnica ha preferido con su última novela, Las tres heridas, realizar un espectacular salto de varios siglos, con una historia a dos tiempos, incrustada en la guerra civil española, y contada por un narrador de nuestros días. Y decimos espectacular no sólo por el cambio radical de ambientación, sino por la emoción, intriga y realismo con los que ha sabido dotar a esta potente historia que habla de reconciliación, de sentimientos, de las razones por las que es importante vivir e, incluso, morir.

-La novela describe, con gran realismo, la guerra civil española a través de dos familias de diferente nivel social, y muestra las profundas injusticias que trajo consigo la contienda. Pero también se centra en la psicología de los personajes que centran la trama. ¿Qué resulta más complicado describir paisajes exteriores o el interior de las personas?

-Por supuesto el interior de las personas, su sentir, su emoción, y más en unas circunstancias que a mí me resultan ajenas, porque yo no he pasado una guerra, ni por la fase más oscura y dura de la dictadura, ni por sus miedos o sus necesidades.

He intentado captar ese interior a través de lecturas de la gente que sí lo vivió; espero haberlo conseguido.

La novela tiene como eje dos caracteres femeninos llenos de fuerza. En primer lugar está Mercedes…

Mercedes es una mujer con las cosas muy claras, a pesar de su aparente simpleza (no olvidemos que, en aquella época, todo futuro para cualquier mujer era muy simple, muy plano, con muy pocos alicientes si comparamos las oportunidades que ahora se nos presentan a nosotras), ama a su marido, quiere formar una familia, cuidar de ella con la dignidad que le dieron sus antepasados, en la tierra y en la casa que ellos les dejaron.

Y después tenemos a Teresa…

Teresa que, en apariencia, lo tiene todo, no tiene nada claro. Su familia le proporciona una estabilidad económica y social a la que le resulta difícil renunciar para vivir una vida distinta junto a su novio, un hombre inteligente pero de izquierdas y pobre que no encaja en su familia, y que le abre los ojos a un mundo y a unas ideas distintas, creando en ella inquietudes que la desconciertan.

Mercedes se muestra complaciente con la vida que la ha tocado, y muestra una firmeza en su defensa que contrasta con la inseguridad de Teresa, que a pesar de su rebeldía, se  muestra cobarde. Son dos mujeres a las que la guerra une en una amistad con sus luces y sus sombras; pertenecen a mundos completamente diferentes, pero la necesidad de subsistir las une para siempre de manera incondicional.

El personaje que desvela la historia de Mercedes y Andrés es Ernesto Santamaría, un joven que ha decidido dejar su carrera como profesor para dedicarse a escribir. Busca una gran historia para contar, y la hallará a partir de una sencilla caja de latón. ¿De este modo surgen las grandes novelas? ¿De pequeñas historias ocultas? ¿De los pequeños detalles?

-En mi caso sí. Muchos de los ingredientes que aparecen a lo largo de la escritura son referencias a recuerdos, vivencias —pasadas o reinventadas—, anhelos, miedos, inseguridades  o incapacidades propias. La vida está llena de pequeños detalles que le dan valor, esas historias que pasan desapercibidas pero que marcan nuestras vidas. Gracias a la literatura, esas pequeñas historias se pueden convertir en grandes novelas que beneficien a futuros lectores, igual que me puede beneficiar a mí escribirlas.

Y esta caja de latón nos traslada a la época de la Guerra Civil española, al Madrid caótico de julio del 36 y los sentimientos de desorientación y de miedo que provocó el imprevisto estallido de la guerra. ¿Es en estos periodos violentos en los que la naturaleza de los sentimientos humanos quedan más al descubierto?

-No queda más remedio, es en entonces cuando se plantean las verdaderas razones por las que es importante vivir y hasta morir. Por esa razón tenemos la obligación, el deber y la necesidad de conocer esa parte de nuestra historia, para poder comprender y entender lo que pasó, sin justificar ni juzgar nada ni a nadie; una mirada, si no con objetividad, sí con honestidad.

Al margen de Mercedes y Teresa, en el libro desfila una nutrida galería de personajes. Todos ellos están descritos con mucho detalle, con un gran realismo. ¿Es ésta la parte más difícil de construir una historia, la de dar “vida” a tus personajes?

En este caso sí, porque mi intención, más que la historia que es sólo un telón de fondo, era mostrar a los personajes, sus sentimientos, su asimilación de la época difícil que les tocó vivir, de los cambios bruscos que sufrieron de la normalidad, de las pérdidas, de las ausencias, de la miseria humana y material a la que la guerra les abocó y que continuó en la dictadura. Ha sido mi principal objetivo, que el lector pudiera percibir esas sensaciones, esos miedos, ese desconcierto, y, sobre todo, en lo que la guerra les convierte a cada uno de ellos.

Una de las características de la novela es que se hace difícil catalogar a “buenos” y “malos”. No se trata de una historia “partidista”. Hay de todo: curas tolerantes, socialistas de todo género, apolíticos atrapados en la maraña de la guerra… ¿Temiste en algún momento desencantar a todos aquellos con posiciones muy marcadas respecto a lo ocurrido en la Guerra civil?

Los de nuestras generaciones no podemos evitar el temor a no ser lo suficientemente objetivos; es un tema todavía muy cercano en el tiempo, y aún hay heridas sin cerrar; mi tranquilidad al respecto vino de la lectura, leyendo se cura el maniqueísmo, eso dice Antonio Muñoz Molina con el que estoy totalmente de acuerdo. Ubicar a los de un bando en el lado de los malos y a los del otro bando en el de los buenos no lleva nada más que a la intolerancia. No hubo dos Españas enfrenadas en una guerra, fue algo mucho más complicado; y tampoco todos los que estuvieron en el bando nacional se convirtieron en verdugos con la dictadura.

Hay que leer mucho para desprendernos por fin de esta costra que todavía llevamos y afrontar nuestra historia con honestidad.

-El narrador de tu historia, Ernesto Santamaría, llega a obsesionarse, a medida que avanza en su investigación, llega el relato que ha caído en sus manos. ¿Puede un escritor caer con facilidad atrapado por unos personajes que ni siquiera conoció?

Sí, por supuesto, en mi caso entran en mi vida, se instalan y ya no salen hasta que la novela terminada pasa a la “propiedad” de la editora; conviven conmigo no sólo en las horas que dedico a escribir, sino durante todo el día; se meten en mis sueños, en mis conversaciones, me acompañan siempre, cuando nado, cuando leo, cuando compro o cocino, siempre están ahí, contando cosas, hablando sin parar, o callando, en silencio, a la espera de que les preste atención y les escuche. Además les llego a conocer tanto que cuando termino siento un extraño vació, una soledad difícil de explicar que sólo se llena buscando otra historia que contar. Es como si, durante mucho tiempo, hubieras tenido gente viviendo en casa y de repente se van todos; entonces, esa sensación de silencio y soledad es inevitable.

-Te has declarado admiradora de escritoras como Matilde Asensi, Ana María Matute o Carmen Posadas. ¿Hay algo de ellas en tu manera de escribir?

Yo creo que no, en la actualidad mis referencias literarias son otras. Mi admiración hacia ellas viene por motivos distintos. Cuando estaba escribiendo mi primera novela  cayó en mis manos ‘El último catón’, de Matilde Asensi; su lectura en ese momento formó un extraño vínculo con la autora. Respecto a Ana María Matute es una admiración y un respeto por su singularidad, su aparente fragilidad que no oculta su fortaleza, y una personalidad extraordinaria; de mayor quiero ser como ella. Y en cuanto a Carmen Posadas, admiro su valentía y su tesón para demostrar su valía, a veces con mucho más esfuerzo que otros que carecen de los méritos que a ella le sobran.

-¿Existe diferencia entre la literatura escrita por mujeres respecto a los hombres?

No tiene por qué haberlas. Yo me adentro en una novela sin pensar en el nombre o en el sexo del autor/a. Lo que sí es cierto es que todavía hay mucha más literatura escrita por hombres que por mujeres. Aún nos queda mucho camino que recorrer. Hace muy poco tiempo que las mujeres que nos queremos dedicar a esto disponemos de una habitación propia y una cierta independencia para poder escribir, como bien decía Virginia Woolf. A pesar de todo, avanzamos a buen ritmo.

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