Entrevista a Andrés Pascual: “Cualquier rincón del mundo tiene magia suficiente para llenar mil novelas”

Andrés Pascual

Andrés Pascual

Ha compartido mesa con familias de balleneros en Papúa, tomado el té en tiendas de comerciantes tibetanos o recorrido el desierto de Siria en furgoneta, y, sin embargo, Andrés Pascual asegura que aún le quedan muchos senderos por descubrir, y que algunos los encuentra a diario a pocos metros del portal de casa. Para este viajero incansable, músico en su juventud, la escritura ha sido una evolución lógica, la mejor opción para satisfacer su profunda necesidad de crear universos propios. Acaba de publicar El sol brilla por la noche en Cachemira,  su cuarta novela, una intensa historia sobre la soledad y la culpa, pero también sobre la esperanza y la redención, todo ello con el telón de fondo de una región en disputa desde hace años entre la India y Pakistán, donde la guerra es parte intrínseca del paisaje diario, un lugar en el que “lo mejor y lo peor del ser humano” queda patente.

¿Por qué escribir?

Hay una vena creativa en mi que tengo que satisfacer, para bien o para mal. En un primer momento intenté expresarme a través de la música pero después de una decepción con la composición, que no con la música en si, me di cuenta de que lo que no podía hacer con notas y silencios podía hacerlo con palabras y espacios.

¿Y viajar?

Viajar es una fuente inagotable de enseñanza. Aprendes a no juzgar, a abrirte a la espiritualidad, a pedir ayuda y agradecerla… Visitar lugares remotos te prepara, además, para el viaje más sacrificado, el que emprendes a tu propio interior. Te ayuda a descubrir que es lo que realmente quieres.

 Y eso es, precisamente, lo que le ocurre al protagonista de El sol brilla por la noche en Cachemira…

Entre otras cosas. Él está convencido de que se encuentra solo en el universo. Cree que no merece ser amado por nadie. Y cuando ya está seguro de que es un naufrago perdido en medio de una Cachemira en guerra, descubre a otra naufraga. Juntos pueden vislumbrar la luz al final del camino, gracias al acto de compartir frustraciones, alegrías y miedos.

¿La culpa se comparte?

Es difícil responder a eso. De entrada habría que preguntarse si somos culpables o victimas de los que nos ocurre. Par obtener la serenidad después de una tragedia tan desgarradora como la que le sucede al protagonista de la novela, la pérdida de una hija, hay que trascender la existencia individual y comprender que somos todo lo que nos ha precedido y todo lo que vendrá. Somos seres diminutos pero al mismo tiempo cada uno de nuestros actos condiciona un mundo mejor o peor.

La novela cuenta situaciones duras, pero al mismo tiempo deja espacio a la esperanza. ¿Cómo se consigue eso?

Porque la vida es así. Estar dispuestos a recorrer los senderos que la vida pone delante de ti.

¿Y qué senderos te quedan por recorrer?

Te aseguro que muchos. Cada día encuentro uno nuevo. Y en alguno casos cerca del portal de casa. No hace falta irse al otro extremo del mundo. Hay que ser capaces de ver las mismas cosas de manera diferente. 

¿El lector se va a sorprender de que en el mundo actual haya una guerra abierta en Cachemira que dura ya 60 años?

La situación en este punto del mundo es, en realidad, un residuo de la colonización. Hay regiones del planeta que se han delimitado con escuadra y cartabón, lo que ha derivado, en ocasiones, en conflicto. Quizás el lector se sorprenda de lo que encierra Cachemira, lo mejor y lo peor del ser humano.

Y la has elegido ese espacio para tus personajes…

Cachemira se ha transformado en el escenario perfecto para la novela. Un lugar al que van a parar los personajes huyendo de si mismos. Una olla a presión donde hierven todas las pasiones políticas y religiosas habidas y por haber. Pero al mismo tiempo, Cachemira está bañada por todas las enseñanzas milenarias de las tradiciones espirituales más importantes de nuestro mundo.

Cómo y cuándo se decide uno a hacer las maletas e irse al Amazonas o a Borneo o a Cachemira…

¡Desde luego, no de la noche a la mañana! Es una cuestión que va avanzando en espiral. Lo normal es empezar con viajes mucho más próximos. En mi caso, tuve un buen maestro, un amigo que me llevó en un viaje en furgoneta por el desierto de Siria hasta la frontera con Irak.

Intensa manera de empezar…

Cierto. Quería decir que fue un viaje que no organicé yo. Me apunté a la aventura. Aunque reconozco que fue una manera bastante extrema de iniciarse, sí (Risas).

¿Somos, por lo general, viajeros demasiado cómodos? ¿Olvidamos que, quizás, lo importante es empaparnos de la cultura que nos acoge?

Hay que ser consciente de que ya no podemos viajar como en el siglo XIX. El mundo se ha quedado pequeño. Internet ha globalizado el planeta. En todo caso, siempre está bien hacer un ejercicio de entrega incondicional a tu anfitrión. Lo que es, en realidad, un acto de AMOR incondicional.

¿Hay que dejarse los prejuicios en casa?

Muchas veces, el viajero trata de medir todo cuanto ve a través del rasero de su propio país. Cuando viajas a sociedades aparentemente menos desarrolladas que la tuya es importante desprenderse de esa especie de estigma de colono. Se trata de vencer ambos condicionantes porque son, precisamente, los que te impiden ver en puridad lo que tienes delante. El discurso más breve que dio Buda fue “venid y mirad”.

¿Alguna vez te has sentido fuera de lugar durante tus viajes?

No me ha ocurrido nunca. Cualquier rincón del mundo, por cotidiano o incluso ajeno que se presente, tiene magia suficiente para llenar mil novelas. Aunque sí que en ocasiones he notado una punzada de miedo, pero siempre me ha vencido la atracción o el hechizo de lo desconocido.

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