Mucho más que teatro: Jacinto Benavente

Al venir al mundo, un 12 de agosto de 1866, en el Madrid convulso de la época, era difícil pronosticar que aquel niño, el menor de los tres hijos del reputado pediatra Mariano Benavente, acabaría siendo el segundo español en conseguir un premio Nobel de Literatura.

Fue en 1922. Unos años antes, en 1904, José Echegaray había sido el primero en lograrlo. La historia de la literatura, no siempre justa, ha engullido a muchos autores, y Echegaray ha quedado relegado, a pesar del galardón, a un segundo plano. Afortunadamente, este no ha sido el caso de Jacinto Benavente, aquel hijo de médico que escribió para el teatro alguna de sus mejores líneas.

Benavente estudió derecho en la Universidad Central de Madrid, cumpliendo los deseos de su padre, aunque, a la muerte de éste, los abandonó para dedicarse a viajar -especialmente por Francia y Rusia- y, sobre todo, empezó a dar rienda suelta a su gran pasión: la literatura.

Durante algún tiempo, no obstante, fue empresario circense e, incluso, se ha escrito que en aquella época bebía los vientos por una trapecista inglesa llamada Bella Geraldine -las biografías de muchos personajes conocidos casi siempre incluyen algún capítulo sorprendente-.

Sus primeras obras fueron un libro de poemas, Versos, un libro de cuentos, Villanos, y una obra de crítica, Cartas de mujeres, todas publicadas en 1893. Cuatro años más tarde, estrenaba su primera obra teatral, El nido ajeno, que fue vapuleada por la crítica. De hecho, únicamente Azorín la valoró.

Este accidentado debut en el teatro convenció a Benavente de que la situación de la escena española de la época aconsejaba inclinarse por obras más próximas al gusto del gran público en lugar de comprometerse con un estilo, quizá más exigente, pero inevitablemente minoritario e incomprendido.

La gran aportación de Jacinto Benavente radica en que, a pesar de todo, fue capaz de modernizar el teatro que se hacía en España. Nombres como  D’Annunzio, Wilde, Ibsen y Bernard Shaw, triunfaban en los escenarios de media Europa, y su puerta de entrada a la península fue a través de sus influencias en las obras del autor madrileño.

Su teatro traspira variedad, es una completa galería de tipos humanos. Abordó casi todos los géneros: tragedia, comedia, drama, sainete. Y también se atrevió con todo tipo de ambientes: el rural y el urbano, el plebeyo y el aristócrata.

Todo ellos descritos desde una punzante sátira social, con diálogos vivos y dinámicos. Obras como La noche del sábado (1903), novela escénica impregnada de poesía; Los intereses creados (1907), hábil combinación de sátira y humor; o Señora ama (1908) y La malquerida (1913), ambas drama rurales, son solo algunos ejemplos de su capacidad para saltar de un estilo a otro.

Con apenas treinta años ya era un autor conocido y, después de pelearse con Valle-Inclán, otro de los grandes del teatro español de la época, en la tertulia del Café Madrid, formó la suya propia en la Cervecería Inglesa de la Carrera de San Jerónimo.

Miembro de la Real Academia Española, llegó también a meterse en política -ocupó en 1918 un escaño en el Congreso de los diputados- y  en 1933 fue co-fundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética.

Hombre de personalidad fuerte y controvertida, fue capaz de congraciarse con el Gobierno del frente Popular durante la Guerra Civil, que le homenajeó en varias ocasiones. Y, precisamente por ello, tras la victoria franquista, su proximidad al bando republicano durante el enfrentamiento armado le llevó a ser observado con lupa por la dictadura.

Se llegó incluso al extremo de permitir la puesta en escena de sus obras pero sin indicar que eran suyas. Él pasó a ser, simplemente, «el autor de La Malquerida».

Con el tiempo, y después de que Benavente se dejara ver en la Plaza de Oriente de Madrid, en la gran manifestación a favor del régimen de 1947, las autoridades franquistas dieron un sorprendente giro a su visión del premio Nobel, que se convirtió en «nuestro preclaro autor teatral». Como afirma Crispín, el protagonista de Los intereses creados,en la vida más importante que crear afectos es crear intereses”.

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