La historia real tras ‘El vestido’ de Jennifer Robson

Era invierno de 1947. Con la Segunda Guerra Mundial y sus dramáticas consecuencias aún bien presentes en su día a día, los ciudadanos de las islas británicas sufrían un frío gélido y seguían con el racionamiento de alimentos y otros bienes. Sin embargo, había una fecha en el calendario que todo británico esperaba con ilusión: la boda Real de la princesa Isabel II y el príncipe Felipe de Edimburgo; la primera gran celebración en la era de la posguerra.  

Cuando Jennifer Robson, la autora de la novela El vestido, estaba recabando información para descubrir las personas que se hallaban detrás del traje de novia que hizo soñar a toda una época, poco se imaginaba que acabaría entrevistando a una de las costureras que trabajaron en el vestido de la princesa. Fue en el taller de Norman Hartnell: «por primera vez, sentí una conexión con todas aquellas caras y voces de manos talentosas», ha dicho la autora.

El testimonio de la casulidad

Como escritora e historiadora que es, Jennifer Robson, prefiere la autenticidad histórica a la tensión dramática en sus novelas. Así pues, sabía que para escribir un libro basado en la fabricación –que no el diseño– del famoso vestido nupcial, debía empezar a buscar las huellas o, mejor dicho, las costuras de sus protagonistas.

Durante meses, la escritora se puso a investigar un rastro que partía de toda la información relacionada con el que fue el negocio del diseñador Norman Hartnell. Pero a pesar de todos los contactos y las visitas a museos, la escritora no pudo encontrar a nadie que hubiese trabajado en Hartnell ni ningún tipo de información relevante al respecto. Así pues, se tuvo que conformar con ver con sus propios ojos el mismísimo vestido, expuesto durante unos días en Buckingham Palace.

Visto el poco éxito de su indagación, Robson estaba determinada a acercarse, de un modo u otro, a los protagonistas y así entenderlos mejor: decidió ir a una fábrica de bordados londinense para ponerse a coser ella misma y poder, así, conectar con ellos. Fue entonces que, por pura serendipia, conoció al productor de un documental sobre la Boda Real de 1947. Y en ese mismo instante, escuchó por primera vez su nombre: Betty Foster.

Betty Foster pasó su infancia en el East End (Londres). Tras la muerte de su padre, a sus ya 14 años, empezó a trabajar como aprendiz en Hartnell y a ganarse un salario de siete chelines y seis peniques a la semana, lo que parecería una fortuna para la joven.

Sin embargo, no tardó en trabajar en la confección de grandes vestidos para gente famosa. Su mayor logro fue, sin duda, su participación en el vestido de la futura reina. A pocas semanas de la boda, ¡el trabajo de Betty era coser ni más ni menos que 22 ojales en la espalda del vestido! Cualquier error hubiese desembocado en desastre. ¡Imaginad la responsabilidad!

Un regalo novelado

El día en que Jennifer Robson conoció a Betty dio con un testimonio real de un gran momento histórico. Tirando del hilo de la vida de Betty, la autora pudo adentrarse al corazón y alma de Hartnell y, de este modo, plasmar con todo detalle aquella historia que tanto deseaba encontrar.

Precisamente de aquí ha salido El vestido, la novela que nos descubre la vida de las mujeres que crearon un traje de ensueño: la preciosa indumentaria de su princesa. En esta trepidante historia, elegante como The Crown y cautivadora como Tiempo entre costuras, se puede, además, ver a Betty convertida en personaje. Un más que merecido tributo, ¿no creéis?

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