Eduardo Infante: «Sócrates me enamoró de la Filosofía, fue y sigue siendo mi maestro»

Es profesor de filosofía en un instituto de Gijón y acaba de publicar el libro Filosofía en la calle. Gracias a su peculiar forma de acercar la Filosofía a los jóvenes, Eduardo Infante ha conseguido algo mucho más valioso que el mero aprendizaje de teorías y autores: que sus alumnos desarrollen pasión por la Filosofía. 

En esta entrevista le preguntamos por su nuevo libro y su método de enseñanza filosófica a través de redes sociales.

¿Qué tiene que ver la filosofía con los problemas cotidianos que nos encontramos en la calle?

La filosofía siempre ha tenido que ver con los problemas del día a día. Cuando nació era una práctica popular. Las primeras escuelas helenísticas se ocupaban de problemas urgentes y cotidianos de la vida humana, y los primeros filósofos griegos debatían sobre el sexo, la personalidad, la cólera, la agresividad… Intentaban, como decía Epicuro, ser «médicos compasivos». Es decir, que la filosofía sirviera para curar las dolencias del alma al igual que un médico cura el cuerpo.

La filosofía no era en absoluto teórica entonces. Pero Platón creó una academia y puso un cartel que rezaba: «Que no pase de aquí el que no sepa matemáticas”. Hizo de la filosofía algo elitista, algo que nos recuerda mucho a la expresión: «Reservado el derecho de admisión». En ese entonces cuando se creó la filosofía académica. La idea de mi libro es recuperar el ejercicio popular de la filosofía.

En Filosofía en la calle nos planteas preguntas que nos hacemos cada día y explicas cómo darle respuestas a partir de pensamientos y autores. ¿Nos puedes dar ejemplos de algunas de ellas?

Estas cuestiones nacen de mis propios alumnos, principalmente a partir de una anécdota que cambió radicalmente mi manera de dar clase. Una alumna me hizo recordar que, cuando era joven, mi profesor explicaba cosas que nada tenían que ver con la vida. En ese momento, paré la clase y hablé con mis alumnos de tú a tú. Y ahí me relataron cuáles eran los problemas que a ellos realmente les inquietaban: la muerte de un ser querido, el amor, el fracaso, el éxito, la verdad…

Una de las cuestiones a la que dedicamos más tiempo fue la de la verdad y la mentira. El primer capítulo versa justamente sobre eso: ¿deberíamos contarle todo a nuestra pareja? También se habla del arte: ¿las galas de Operación Triunfo lo son? Y una multitud más de problemas que se plantean los adolescentes.

Cuando eras estudiante, ¿te gustaba la Filosofía? ¿Era una de tus asignaturas favoritas?

No tuve una buena primera experiencia con la Filosofía. Mi primer profesor de esta asignatura hacía lo que podía, daba una Filosofía muy académica. Recuerdo que nos escribía el esquema de cada lección en griego sobre la pizarra. Nosotros le decíamos que no sabíamos griego y él respondía que le daba igual y seguía dando clase.

Así, mi primera experiencia no fue nada positiva: la veía como una asignatura que versaba sobre problemas que yo no entendía, indescifrables y ajenos a mí, que simplemente teníamos que comentar porque formaban parte del temario. La filosofía se reducía a eso, a un comentario de texto. Pero en COU tuve un profesor de Historia y Filosofía magnífico, de estos que te tocan el corazón y te salvan la vida. Y me enamoré de la Filosofía no solo a través de ese profesor, sino también a través de un libro, el libro en el que se relata el juicio de Sócrates. Fue sin duda la figura que me enamoró de la Filosofía: fue y sigue siendo mi maestro. 

Hablemos de los retos de filosofía que pones en Twitter. ¿De dónde sale la idea?

La idea surgió hace años. Estaba con un compañero, profesor de Física, en el recreo, mirando a los alumnos. Ellos pasaban el tiempo con los móviles y comentamos que no se comunicaban entre ellos, que qué pena que estuvieran siempre pegados a la pantalla. Y yo le dije que, en realidad, se estaban comunicando a través de sus pantallas. Cambiaba el medio a través del cual debatían y discutían, pero seguían comunicándose.

En ese momento se me ocurrió sacarlos de su mundo y de su vida para meterlos en otro distinto. Pensé: ¿por qué en vez de sacarlos de la calle y meterlos en el aula de Filosofía, les meto el aula de Filosofía en su mundo, en su pantalla? Ese día, hablando con ellos, planteé utilizar Twitter para conectarlo con otros problemas, para retarlos, para hacer una ventana a través de la cual poder seguir al mundo y a la vida. Y, como se dice en el libro, que el pensamiento se transforme en vida.

¿Cómo ha sido la respuesta por parte de los alumnos?

Magnífica. El año pasado, por ejemplo, disfruté muchísimo con los retos: les propuse que se pusieran en contacto con físicos para que les explicasen las últimas teorías del universo, y consiguieron nada más y nada menos que los físicos del CERN se pusieran en contacto con nosotros. Los invitamos a través de Skype y nos enseñaron el sitio donde trabajan. Fue una auténtica maravilla. En educación creo que tenemos que incorporar las nuevas tecnologías, porque el mundo virtual se ha convertido en el mundo en el que vivimos y nos da unas posibilidades tremendas en el aula.

¿Cómo es tu relación con los alumnos, ahora que has escrito el libro y con toda esta dinámica de las redes sociales?

La verdad es que no ha cambiado demasiado. Yo amo mucho mi profesión. De hecho, comienzo el primer día de clase escribiendo una carta a mis alumnos en la que les explico que me gustaría transmitirles ese amor a la Filosofía a lo largo de los años que vamos a pasar juntos.

Lo más bonito es que consigo ver que esa pasión se les transmite durante esos dos años, y se mantiene cuando son ex alumnos. A veces voy al centro médico y algún doctor o enfermero es un antiguo alumno y recuerdan mis clases. ¡Me encanta que sigan con esa misma pasión! Y saber que he dejado esa huella por la búsqueda de la verdad, el bien, la justicia y el diálogo es lo más gratificante que me puede pasar en esta vida.

En el libro, al referirte a la filosofía, hablas mucho de la diferencia entre lo que es útil y lo que es valioso.

Útil puede ser un sacacorchos, un instrumento que cumple una función. En el campo de los saberes, los útiles son los aquellos que nos hacen unos productores eficaces para producir una mercancía final. Frente a eso está lo valioso. Si seguimos el ejemplo del sacacorchos, valioso sería pararse a descorchar una botella de vino con la persona que amas. Eso es valioso. Y en el campo del saber pasa lo mismo: hay saberes valiosos porque nos hacen entender la vida en la que vivimos, nos hacen encontrar sentido a cada uno de los días y, sobre todo, son valiosos porque nos acercan al bien, a la belleza y a la verdad. 

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