Rubén Abella se adentra en el río de la memoria

Dicen que somos lo que recordamos. Si eso es verdad, como bien narra Rubén Abella en Baruc en el río, los protagonistas de esta novela son lo que vivieron durante dos días del agosto de 1980. Especialmente, el narrador, Hugo, un joven que regresa 30 años después al incidente que cambió su vida para siempre.

El autor vallisoletano sumerge al lector en un viaje literario conmovedor, que se mete bajo la piel, que afecta a la respiración y que hace asomar tímidas lágrimas al llegar a la última página. Sin duda, esta es una novela emotiva, que bebe de la nostalgia de la primera adolescencia. Ésta es una historia de recuerdos hilvanados, un relato que busca la comprensión, la catarsis, el sosiego tras la culpa. En definitiva, una declaración de amor perdido, un espejismo nostálgico de la memoria de un ser que anhela ser perdonado. Esta búsqueda, narrada a modo de crónica, por un niño que desea por encima de todo recuperar a su hermano mayor, de salvar lo insalvable y de evitar lo inevitable. Narrador y lector se convierten en cómplices en esta historia que bucea en el inconsciente en el recuerdo de nuestro recuerdo, sea o no real.

El autor estará presentando la novela en Valladolid mañana en la librería Oletvm (19.30) y participará en el chat de RTVE.es el próximo 4 de noviembre. ¡Mándale tu pregunta!

Fotos de Rubén Abella y textos de Baruc en el río.

La memoria es caprichosa. El tiempo matiza los recuerdos. ¿Somos lo que recordamos? ¿Nos construimos a veces a partir de una falsa memoria tan verosímil que acaba por ser verdad?

La memoria es, además, muy creativa. Rellena con material propio los grandes huecos que deja el olvido —es aterrador pensar en la cantidad de cosas que olvidamos— y colorea a su gusto lo demás. En este sentido la memoria, al igual que la experiencia, es personal e intransferible. Lo que una persona recuerda sobre su pasado familiar, por ejemplo, no tiene por qué coincidir con lo que recuerdan sus hermanos. Cada cual experimenta y recuerda las cosas a su modo. La memoria es también un mecanismo de defensa que nos protege, al menos en parte, del lado doloroso de la vida. Y el asunto se complica cuando empezamos a usar términos como “falsedad” o “verdad”. Todos tenemos recuerdos “creativos”, por llamarlos de alguna manera, pero eso no quiere decir que sean falsos. Yo guardo en mi mente una imagen nítida de mi madre empujando el coché de bebé en que me transportaba. Me dicen que es imposible, que me lo he inventado. Yo no discuto.

“El embarcadero se cerró a finales de los años sesenta. Luego la corrosión y los vándalos se habían empleado a fondo, sobre todo con la flota, que había quedado reducida a una hilera de cascarones maltrechos”.

Esta es una historia íntima sobre las relaciones familiares, especialmente sobre la fraternidad. ¿Qué visión ha querido resaltar de ésta en la novela, tanto a la relación entre los padres, los hijos, los tíos?

Las relaciones familiares son sin duda la columna vertebral de la novela. Son las que ponen en marcha la trama y las que desencadenan el conflicto. La familia que protagoniza la historia se parece mucho al río junto al que vive. Por un lado está la superficie, calmada y lisa, alterada aquí y allá por las ondas concéntricas que forman los peces al salir a respirar. Y por otro están las corrientes turbias e invisibles que discurren por debajo. La novela describe cómo un incidente inesperado —la huida del hijo mayor, Baruc, de quince años, después de una discusión con su madre— hace que esas aguas hondas se levanten y rompan la piel tersa del río. Desde este punto de vista, la novela puede entenderse como una exploración de la precariedad no sólo de las relaciones familiares, sino de las relaciones humanas en general.

“Cerró los ojos y durante un rato se entretuvo observando las manchas de formas y colores cambiantes que, al atravesar la celosía de ramas entrelazadas, el sol le proyectaba en los párpados”.

Tanto Baruc como su hermano Hugo, el narrador de la novela, entran en el mundo de los adultos durante esos dos días de agosto que narra la novela. ¿Siente esta novela como un relato sobre la adolescencia, el abandono de la infancia?

En parte, sí, sobre todo en lo que respecta a Hugo, el narrador. Durante esos dos días de agosto ocurren cosas que hacen que deje atrás la inocencia. De hecho, en algún momento me plantée usar como epígrafe un verso de William Blake, del poema Dolor de niño, que forma parte de sus Cantos de experiencia: “Al peligroso mundo salté”. Pero luego me di cuenta de que la novela iba más lejos, de que rompía los límites de ese universo —el del salto a la edad adulta— para convertirse en un comentario general sobre la condición humana. Sobre lo que somos. Baruc en el río es una novela sobre la pérdida de la inocencia, sí, pero también sobre el amor —el fraternal, el paternal, el de pareja—, sobre la culpa —que en el fondo es lo que mueve a Hugo a contar la historia—, y sobre el poder redentor de las palabras.

La novela desprende nostalgia por la infancia, por los veranos de barrio, de pueblo, las tardes en la pesquera, los paseos por la alameda… ¿Se trata de un homenaje a una infancia perdida, muy distinta a la de los niños de hoy en día?

“El río bajaba muy rápido. Además, al rebotar contra la piel erizada de la torrentera, la lluvia provocaba una infinidad de diminutas perturbaciones que hacía casi imposible saber con certeza qué era lo poco que se vislumbraba”.

La nostalgia es peligrosa porque, al igual que la memoria, de la que se nutre, maquilla nuestros recuerdos. Por eso es tan difícil resistirse a sus encantos. No sé si los veranos de mi infancia eran mejores que los de los niños de hoy. Eran diferentes, supongo. Para empezar eran más largos. En mi caso, a finales de junio o principios de julio nos íbamos todos a Astorga, a la casa de mis abuelos, y no volviamos a Valladolid hasta septiembre. De aquellos meses de libertad exaltada recuerdo la pandilla —¿Los niños de hoy tienen pandillas?—, las excursiones en bicicleta, la piscina, los partidos de fútbol, el sol, los coches de choque, los chorizos asados en papel de plata y, de forma muy especial, la práctica desaparición de los padres. La supervisión durante aquellos veranos era escasa: tengo la sensación de que eso también ha cambiado. Lo que yo encontraba en Astorga, Baruc y Hugo lo encuentran en el río que pasa cerca de su casa, sobre todo en la Isla, un pequeño paraíso natural en medio del cemento y el asfalto. Allí, como se dice en la novela, no sólo son felices, sino que tienen la embriagadora conciencia de serlo. ¿Nostalgia? Bueno, quizás un poco.

“Nos quedamos todos mirando la Isla. Su cuerpo alargado y verde, de salamandra gigante, moteado de amapolas”.

¿Qué le ofrecía la crónica? ¿Por qué eligió el relato en primera persona narrado a posteriori de la acción? ¿Busca el personaje de Hugo, el narrador, el perdón, la catarsis?

Narrar en primera persona ha sido para mí una liberación. Bien utilizada, la primera persona conecta enseguida con el lector. Es cercana, íntima, y te permite decir las cosas con una naturalidad —y, debería añadir, una libertad— que a veces están fuera del alcance de otros puntos de vista. Por otro lado, la distancia temporal —los hechos se narran treinta años después de haber ocurrido— hace que la historia esté tamizada por la edad adulta. Es decir, Hugo no sólo registra lo que ha vivido y lo que le han contado otros, sino que lo interpreta. Equivocadamente o no —eso es otro asunto—, le da sentido. A Hugo le mueve una obsesión —salvar a su hermano—, y la mejor forma de lograrlo es escribiendo una crónica detallada y veraz que, al final, puede que no lo sea tanto. Porque lo que Hugo quiere en realidad no es rescatar el pasado, sino cambiarlo. En el fondo, lo que busca es perdonarse a sí mismo.

“El río parecía una cinta de acero bruñido donde se reflejaban las orillas verdes, los edificios y las escasas nubes que moteaban el cielo aquella mañana recién nacida”.

En Baruc en el río, el lector es cómplice desde la primera página. Siente y vive. Incluso vierte alguna lágrima al llegar al final. ¿Cómo trabaja el equilibro entre emociones y acción?

Toda novela tiene, por así decirlo, su tramoya, su trabajo de carpintería. Se trata de una labor difícil, que no se percibe a primera vista y que, sin embargo, hace que una narración funcione. No basta con que una historia sea interesante: hay que contarla bien. Estoy hablando de técnica narrativa. Esto no quita para que buena parte del trabajo del escritor se base en la intuición. No es la técnica, creo yo, sino el instinto fabulador lo que te lleva en una dirección u otra, a menudo medio a ciegas, sin distinguir con claridad el camino. La estructura novelística se levanta así sobre un delicado conjunto de equilibrios: entre el instinto y la técnica, entre la acción y los sentimientos, entre las escenas y las partes narradas, entre la voz y el silencio, entre la disciplina y el corazón.

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