Una Europa sonámbula que empieza a escribirse con el estallido de la Gran Guerra

Eva Díaz Pérez repasa en El sonámbulo de Verdún la historia del siglo XX europeo a través de las vidas de cuatro personajes que se entrecruzan azarosamente en el inhumano tablero de juego que fue la Primera Guerra Mundial.

 Un sutil retrato que evoca la lucidez de Stefan Zweig, la amargura por el imperio perdido de Josep Roth, la ironía eslava de Jaroslav Hašek, el inquietante mundo de Robert Musil o las pesadillas de Franz Kafka.

Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) es periodista y licenciada en Ciencias de la Información. Trabaja en el diario El Mundo en Sevilla, labor por la que ha ganado el premio de periodismo Universidad de Sevilla y Ciudad de Huelva. Su primer libro fue El Polvo del camino. El libro maldito del rocío (2001), al que siguió su primera novela, Memoria de cenizas, publicada por la Fundación José Manuel Lara en 2005. También ha publicado Hijos del mediodía (2006) y El Club de la memoria, que fue finalista del Premio Nadal en 2008. Acaba de publicar Sevilla, un retrato literario. Columnista de opinión, está especializada en los temas de cultura y la crítica teatral.

  ¿Cómo surge la idea de escribir una novela sobre la desaparición de la Europa de fin de siècle?

 Creo que esa Europa que surge con la Primera Guerra Mundial es la Europa que ahora mismo reconocemos en sus últimos días. Con la Gran Guerra acaba el siglo XIX –ese amable y seguro mundo de ayer, del que hablaba Stefan Zweig– y comienza el siglo XX con todos sus errores y horrores. En esta guerra, Europa se devoró a sí misma y con algunas variaciones así sigue ocurriendo. Ahora mismo vaga sin rumbo, sin certezas, perdida por seguir la lógica de los mercados y no haber aprendido de su cultura de siglos y de su Historia.

Es una Europa sonámbula que empieza a escribirse precisamente en esos días del estallido de la Gran Guerra, cuando entra la contemporaneidad pero también todas sus pesadillas. Me interesaba ese punto de inflexión en el que acaba una época y comienza otra, justo el momento en el que creo que ahora también nos encontramos. El sonámbulo de Verdún retrata el comienzo y el fin de ese mundo que aún reconocemos –la Europa del siglo XX- pero que ya comienza a desaparecer, como aquel lejano fin de siècle con el que arranca la novela.

 En El sonámbulo de Verdún juega con el paso del tiempo, el contraste entre pasado y presente, para narrar la historia de la Europa desolada por la guerra. En mitad de una batalla ¿el tiempo se detiene, la Historia se para?

Sí, la novela comienza con una escena sucedida el 12 de junio de 1916, justo cuando alguien dispara un proyectil desde una trinchera alemana en la batalla de Verdún y se dirige a la frente de un soldado en la trinchera francesa. Ese momento queda congelado y viajamos antes y después de esa escena.

En realidad, la novela dura justo ese instante, el que transcurre en llegar –o no- a la cabeza del soldado. La bala recorre todas las páginas de la novela cambiando destinos y posibilidades biográficas a los personajes. Al mismo tiempo, nos permite contemplar el fondo escenográfico de la historia del siglo XX en Europa. Es algo así como una cronomaquia, un artefacto narrativo que nos permite ir hacia delante y hacia atrás, detener el tiempo y, por supuesto, la Historia. 

 A lo largo de la novela, conocemos la vida real de los personajes y una vida alternativa inventada por el narrador ¿Por qué ha elegido estos relatos que obligan al lector a replantearse la relación entre la casualidad y el destino?

 Plantear la vida real y la que pudo ser es un juego narrativo que desvela la intención de la novela: el triunfo de la literatura, las posibilidades infinitas de la ficción. Imaginar qué le ocurre a un personaje si la bala llega a su destino y, al mismo tiempo, fabular sobre su vida si el proyectil se desvía y finalmente no muere, es un juego que sólo es posible gracias a la literatura, la decisión del autor, del creador.

Además, demuestra que nuestra vida está llena de azares caprichosos que determinan que ocurra una cosa u otra. La Historia con mayúsculas también es otra fuente creadora de destinos, porque los personajes se mueven barridos por los caprichosos vientos de las circunstancias históricas sin que puedan hacer nada por evitarlo. O quizás sí, ése es en el fondo el tema de la novela.

Jaroslav Smoljak y Klaus Werger son dos jóvenes soldados que viven en la misma época y a los cuales les toca luchar en el frente en bandos distintos. ¿Le han servido estos dos personajes para mostrar la dicotomía entre las dos formas de vivir la Europa del siglo XIX?

 Sí, son como dos versiones del alma de Europa, o quizás tendría que matizar diciendo que se trata del alma centroeuropea, la Mitteleuropa de la que nos habla Claudio Magris. Dentro de Europa hay muchas Europas y mientras Klaus Werger (un periodista que trabaja escribiendo crónicas de batallas en el Archivo de Guerra de Viena) representa el espíritu de ese continente orgulloso de su pasado, de sus glorias, de que la Historia haya paseado por sus aposentos, Jaroslav Smoljak (un artesano marionetista que vive en Praga) simboliza esa otra Europa que mira al futuro, se ríe e ironiza sobre el pasado y se burla de las ruinas.

Los 4 protagonistas (Jaroslav, Klaus, Libuse y Fritz) guardan un rasgo en común: la fascinación por el pasado. ¿Por qué todos ellos encuentran una huida en un mundo que nunca volverá?

Eso debe de ser debilidad de la autora. Me fascina el pasado y siento mucho respeto por la memoria, por la Historia, por todo lo ocurrido antes de que yo naciera, algo, por cierto, que me diferencia bastante de mucha gente de mi generación, embobada con lo que ocurre en este instante o sólo a partir del momento en el que ellos nacieron, sin darse cuenta cuando crean algo de que siempre hubo alguien que ya lo hizo antes. No me gusta ese presentismo frívolo que ahora domina nuestro tiempo. Me parece absurdo no aprovechar las enseñanzas de lo que ocurrió, los libros que se escribieron y lo que cuentan las viejas ciudades de todos los que nos precedieron.

Los cuatro personajes de la novela miran constantemente atrás porque en una novela europea –de alma europea- creo que ésa tenía que ser la lectura lógica. ¿Qué es Europa sino un laboratorio de memoria y de experiencia? ¿Es que acaso es mejor embobarse con tradiciones y culturas de países adolescentes, improvisadas hace dos días y llenas de novelerías? Europa es como una inmensa biblioteca en la que siguen hablando las voces de los sabios, de los genios, de los artistas, de la Historia y es una suerte que hayamos nacido en un continente así.

Mis personajes pasean por esos paisajes llenos de pasado, de asombros históricos y, al mismo tiempo, se dan cuenta de que todo eso está a punto de desaparecer y de olvidarse. Es esa atmósfera que encontramos en los libros de Joseph Roth, que noveló como nadie la nostalgia del pasado.

Sabemos que es una apasionada de la literatura centroeuropea y que se ha dedicado a visitar los escenarios de la novela. Ha hecho un trabajo de campo muy exhaustivo que refleja hasta en un blog. Cuéntenos más sobre este proceso

Enfrentarme a novelas con semejante peso histórico requería un serio y riguroso proyecto de trabajo. No lo entiendo de otro modo. En El sonámbulo de Verdún están todas las lecturas realizadas durante años, las novelas sedimentadas de todo ese espíritu centroeuropeo (Musil, Roth, Kafka, Márai, Hasek, Rilke, Hrabal, Zweig, Broch, Canetti, Karl Kraus…), pero además hay un itinerario de inmersión en la atmósfera de la época.

Creo que toda novela que hable de una época que no sea la propia del autor debe tener detrás un profundísimo trabajo de rescate, de inmersión en la historia de las mentalidades. Si no, ocurre lo que con tantas novelas ‘históricas’ llenas de tópicos, de lugares comunes, de situaciones previsibles y de personajes planos y maniqueos que actúan de forma inverosímil. Son remedos de nuestra época aunque con capa y espada, con gorguera o con casaca, depende del siglo. De ahí esas absurdas heroínas de la Edad Media, esos pacifistas del XVII o esos falsos demócratas de principios del siglo XIX. Así se cae en el habitual error del género histórico: los personajes de cartón piedra, el atrezzo de exótico pasado. La impostura…

Por supuesto, además de sumergirme en la época a través de esta intensa apropiación libresca, recorrí los lugares, rastreé en archivos, revisé toda la filmografía referida a la época, recopilé fotografías de la Gran Guerra e imágenes antiguas de las ciudades que aparecen en la novela, repasé fonotecas para saber qué canciones escuchaban los soldados y en qué lugar se encontraba el moribundo vals del viejo imperio austrohúngaro. Todo eso forma parte del imaginario de la novela, de mi taller de construcción, el mundo por el que he paseado a ciegas antes de empezar a escribir la novela.

El blog es como una invitación al lector para que descubra todas esas estancias por las que yo he paseado antes, durante y después de la novela. En cierto modo, son como senderos virtuales para que sigan recorriendo el mundo, la atmósfera que se recrea en la novela. Desde luego, es una novela sobre el pasado pero cimentada en todas las posibilidades tecnológicas de nuestro tiempo

 El relato de la historia de la Gran Guerra se asimila en la novela a una partida de juego de azar ¿Por qué convierte el narrador omnisciente, que todo lo sabe, a sus personajes en víctimas de un destino fatal?

 La intención era crear un narrador omnisciente que diera la clave sobre esta novela de época. El narrador parodia e ironiza sobre el género histórico, interpela constantemente al lector que tiene que construir la novela junto a él. Hay cosas que sólo conocen el narrador y el lector, pero no los personajes, que se mueven como incautas marionetas del azar, el destino o los caprichos dela Historiao la literatura. El narrador es una voz total que confiesa su escepticismo sobre la forma en que se cuenta el pasado y los mecanismos narrativos para relatar los cuentos del ayer.

Yo, que soy una autora crecida en la novela histórica, quería cuestionar el género desde dentro. No como hacen otros escritores que desprecian el género sin haberse atrevido a tomárselo en serio. La novela histórica es hoy un género maltratado por culpa de su éxito comercial, frivolizado por los escritores que se apuntan al best seller disfrazando de época a sus pobres personajes. La novela histórica –o buena parte de ella, hay casos que se salvan- está hoy anquilosada en el siglo XIX, en las formas narrativas decimonónicas, no hay audacia literaria ni tampoco rigurosidad ni seriedad histórica. Y eso me parece lamentable.

Yo quería demostrar –no sé si lo he conseguido pero, al menos lo he intentado, aunque en este país la audacia no suele valorarse- que es posible hacer novela histórica desde la contemporaneidad. Reinventar el género, insuflarle la parodia, la ironía, el escepticismo de nuestro tiempo y no caer en el mismo producto ‘exitoso’, pobre e ingenuo de siempre.

En El sonámbulo de Verdún, retrata cómo se deshumanizaban los soldados en las guerras, y dejaban de ser hombres para convertirse en sonámbulos que vagaban por las trincheras, como es el caso de Jaroslav. El resto de personajes contemporáneos, aunque no participen de la batalla, parecen haber heredado los silencios que dejó la Gran Guerra. ¿Qué une a todos estos personajes?

 Efectivamente les une un cierto silencio. Los personajes no hablan. Apenas hay diálogos y sabemos lo que les pasa o lo que piensan porque el narrador de la historia los contempla y lo desvela de forma introspectiva, psicológica. Este silencio que siguió al gran silencio de las 11 de la mañana del día 11 del mes 11 de 1918, día del armisticio y momento en el que cesaron los obuses, cañones y fusiles dela Gran Guerra, es un silencio terrorífico.

Es el silencio del trauma, la imposibilidad de hablar por culpa de una pesadilla demasiado pavorosa. Las palabras, el lenguaje, ya no sirven para nada, después del uso de la propaganda, de la palabrería patriótica que llevó a esa carnicería humana. Es lo que argumentaba Wittgenstein y que creo que resume ese silencio de la época y que también embarga a los personajes.

Libuse se dedica a continuar la vida interrumpida de Jaroslav, a quien no conoció, a través de objetos abandonados en una buhardilla. ¿Por qué esta adolescente tiene esa fascinación y curiosidad por objetos desconocidos?

Los objetos tienen una importancia fundamental en la novela. Son tan silenciosos como los personajes, pero son capaces de desvelar historias ocultas, escondidas. Libuse, una adolescente que vive en la Praga actual, es el personaje con el que probablemente nos identificamos los que leemos esta historia desde el presente o desde el futuro de ese pasado que es el centro de la novela.

Libuse es una adolescente curiosa que nos abre el telón de la Historia contemporánea, que al descubrir esos objetos cuenta todo lo sucedido en el siglo: la otra gran guerra, que sería mucho peor; el auge de los totalitarismos; el miedo en la dictadura comunista; los años de libertad y revoluciones; y, finalmente, las ciudades europeas convertidas en hermosos parques temáticos del pasado, en una postal o en un souvenir que se acopla a la medida de la maleta de un turista. Libuse es el personaje que descubre objetos en una buhardilla de Praga, cosas que pertenecieron a alguien que no conoció. Es el personaje que apaga la luz y cierra la puerta de la historia.

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