Carmen Amoraga, recuerda el paraíso habitado de #AnaMaríaMatute

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La última palabra que Ana María Matute escribió fue Mada.

Lloro al leerla, porque sé que es lo último que leeré de ella, por más que sepa también que mientras la lea, una y otra vez, mientras lea cualquiera de las cosas que ella escribió, nunca morirá del todo.

Así lo quiso ella, que los que la quisimos la buscásemos en sus libros. Y vaya si la hemos querido, todos sus lectores, aunque no la conociéramos.

Pero yo la conocí. Yo tuve la inmensa suerte de conocer a la mujer que todas las escritoras quisiéramos llegar a ser.

Fue hace dieciséis años. Me emborraché de ella, y con ella, mientras con los ojos brillantes me hablaba de la dolorosa imagen de dos amantes que están separados por un cristal y que se tocan con sus manos a través del vidrio. ¿Me entiendes, entiendes esa pasión, ese dolor?, me preguntaba. Y yo le decía que sí. Claro que la entendía.

Estuve con ella varias veces más. Me invitó a su casa una tarde y allí me dijo que la gente que decía que escribir era como tener hijos era porque nunca había tenido hijos. Entonces no la entendía. Ahora ya sí.

La última vez que estuve con ella, me dio un premio. No. No me refiero al Nadal. Me refiero al premio de su sonrisa, de su vigorosa fragilidad, de ese deseo susurrado a mi oído. Ojalá este premio te haga tan feliz como a mi.

Hoy, ahora, hace un instante, Ana María me ha dicho algo más.

Acaso vivir sea perder cosas.

Ana María Matute murió dos días después que mi padre. A veces les imagino juntos en ese lugar al que deben ir a parar las almas puras, las almas buenas.

Acaso vivir sea perder cosas.

Acaso no.

Acaso todo en la vida, lo importante de la vida, esté en ese paraíso que Ana María Matute creó sabiendo que todos lo llevamos dentro. Ese donde nadie ha logrado entrar ni lo logrará jamás: el inhabitado paraíso de los deseos.

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