Introducción a Alan Moore Storyteller


SHOWMAN,¡SHAZAM!, CHAMÁN: LAS IDENTIDADES SECRETAS DE ALAN MOORE,

por Michael Moorcock 

«Creo que la magia es arte, y que el arte –ya sea música, escritura, escultura o se presente bajo cualquier otra forma– supone, literalmente, magia. El arte es, como la magia, la ciencia de manipular símbolos, palabras o imágenes para generar cambios en la conciencia… de hecho, realizar un hechizo consiste precisamente en jugar con las letras, en manipular las palabras, para así alterar la conciencia de la gente, y por eso creo que un artista o un escritor es lo más parecido, en la actualidad, a un chamán».  Alan Moore

 La historia de los cómics se data mediante las eras a. M. y d. M. antes  y después de Alan Moore– porque, sencillamente, nadie había tenido la ambición, la imaginación y el talento para hacer lo que Moore hizo antes de que él saliera a escena, resurgiendo de las cenizas de los cómics británicos tradicionales (para los que yo mismo trabajé) en un tiempo en el que las editoriales del Reino Unido empezaban a pensar que las historietas dramáticas semanales (en oposición a las humorísticas, como The Dandy) estaban tan muertas como las revistas de relatos ilustrados que las precedieron. Habían durado, según parecía, menos de medio siglo; desde, digamos, Knockout (1939) hasta Action (1976), de la que muchos pensábamos que se había limitado a llevar las viejas fórmulas hasta sus extremos más violentos, pero sin tomar ninguna dirección esencialmente distinta. De igual forma, en Estados Unidos, más allá de hacer que algunos personajes resultasen menos rígidos y se cuestionasen un poco más a sí mismos, las editoriales de grandes cómics de aventuras habían llegado a un paréntesis para buscar sangre fresca en Gran Bretaña, sin saber exactamente de qué estaba infectada esa sangre y sin estar seguros de confiar en ella para acelerar el débil pulso de unos jóvenes que, para entretenerse, estaban pasándose cada vez en mayor número, como en el Reino Unido, a los nuevos medios.

Lo que Moore iba a ofrecerles era un idealismo comprometido, en base al cual rechazaría cualquier concesión significativa y preferiría no hacer dinero a aceptar la clase de componendas que sus predecesores, por norma, sí aceptaban. La historia de sus primeros años y de sus trabajos germinales es la materia de la que tratan los capítulos iniciales de este libro y no es necesario repetirla aquí, pero hubiera lo que hubiese en el agua de Northampton cuando Moore nació, propulsó al genio que iba a salvar al medio de una rápida y creciente extinción y, también, a hacer de ese medio lo que es hoy.

 Permaneciendo en todo momento varios pasos por delante de sus imitadores, actualizando y creando precedentes de forma constante, Moore llevó la innovación tanto a los textos escritos como a la narración gráfica con obras como V de Vendetta o La voz del fuego, y se mantuvo siempre vigente e inspirador para los demás. Él diría que se limitó a representar el zeitgeist de la época, pero ese zeitgeist no tuvo jamás un representante tan significativo: armado con genuina originalidad en lugar de sensacionalismo, auténtica idiosincrasia en vez de mero mestizaje, y dotado de una constancia intelectual que se ha reflejado hasta en sus trabajos más nimios. Tuvo la suerte de escoger un medio en el que se necesitaba y reconocía su originalidad, y en un par de décadas se convirtió en la voz dominante de una generación, dicho esto en el más chamánico de los sentidos. Moore consiguió hablar por nosotros y nos ofreció los símbolos y las historias que transmitían cómo nos sentíamos. En mi opinión, hizo –y hace– por la ficción lo que Dylan por la música. Es el Robert Johnson dela Edad dela Duda; cuestionando, confrontando, entristeciéndose y anhelando… representando a sus lectores a niveles muy profundos. Todo un intelectual autodidacta, uno de mis pocos iguales, y una persona por la que tengo un respeto inconmensurable.

Un chamán es, entre otras cosas, un visionario que actúa en beneficio del pueblo expresando todas sus emociones, miedos, esperanzas y aspiraciones en palabras e imágenes. El chamán realiza los viajes que no se les ocurren o que directamente asustan a los demás. El chamán asume riesgos, expresa ideas, cuenta historias y, a menudo, crea música para nosotros. Muchos creen que nuestros mejores poetas operan como chamanes, pero yo creo que ciertos artistas populares también sirven a esa función, incluyendo a nuestros letristas y compositores más afamados. Con frecuencia nos dan a conocer los viejos mitos disfrazándolos con ropajes modernos, y corean hechizos que actúan como remedios secretos para aliviar nuestras almas y concretar nuestros deseos. A diferencia de los demagogos que nos explotan, los chamanes alimentan la imaginación y confieren dignidad a nuestros sueños. Nos enseñan a lidiar con el mundo. Diversos artistas populares han conseguido hacerlo a lo largo de los siglos. Unas veces son recompensados por sus desvelos y otras acaban siendo castigados, generalmente por aquellos próceres que temen el poder que los chamanes le otorgan al pueblo. No hay duda de que, a menudo, aquellos que identifican sus intereses con la autoridad y el poder temporal, tratan de denigrarlos, en el mejor de los casos, o de destruirlos, en el peor de ellos. Pero los chamanes son, a la larga, indestructibles.

Profesionalmente hablando, Moore ha dedicado toda su carrera a desafiar a la autoridad, a descubrir y crear técnicas narrativas frescas que permitieran desarrollar cuantas más historias simultaneas fuese posible y, también, a hacerlas únicas. Pero como quiera que inspira a docenas de imitadores, también se ve forzado a inventar, una tras otra, nuevas formas de hacer las cosas. Lo que consigue, por ejemplo, en The League of Extraordinary Gentlemen, es usar personajes ya establecidos, con un bagaje propio, en una historia genuina que los combina para generar nuevos relatos y toda una serie de resonancias inéditas, significados nunca antes vistos y ángulos inexplorados. Y es que la narrativa gráfica, al combinar cuanto menos tres perspectivas distintas –continuidad, imágenes y diálogo–, supone un medio de gran atractivo para los guionistas y escritores que reconocen su potencial.

 Pero al tiempo que busca sin descanso estas nuevas formas de contar sus historias, Moore también encuadra sus meditaciones en el lenguaje de la magia y las corrientes anarquistas, encontrando inspiración en Dee y Kropotkin y descubriendo, así, los modelos tradicionalmente menos conocidos del pasado, puesto que las figuras que convencionalmente encarnan la resistencia y la contradicción –Crowley, por ejemplo, o Marx– se han vuelto manidas, trilladas, desvirtuadas y distorsionadas… carentes de garra o precisión. Moore necesita prototipos que carezcan de esa distorsión, de esa desvirtuación narrativa que sus seguidores contemporáneos han construido. Y ésa es precisamente otra de las razones por las que su trabajo resulta tan original.

Intuitivamente primero, cada vez más conscientemente después, el chamán que hay en Moore entendió cuan importante resulta el medio para el mensaje. Se dio cuenta rápidamente de que si no existía un un medio a través del cual expresar su visión, entonces debía adaptar o inventar uno. Mas, pese a ello, y como deja bien claro esta biografía de Gary Millidge, siempre se le ha percibido como un artista popular que evita el cliché, que habla para una audiencia amplia, y que expresa sus deseos e inquietudes a través de la mitología y el vocabulario de una sociedad urbana y moderna; una que, en su iconografía más simple, adopta la forma del superhéroe.

Para tratar adecuadamente las implicaciones de sus elecciones formales, Moore busca la soledad en un ecosistema urbano y familiar propio, justo como un chamán apache podría pretender encontrarla en los viejos desiertos o en las erosionadas colinas que lo vieron nacer. Así, Moore conquista y reconquista su autoridad artística e intelectual de infinidad de maneras. Dando voz a sus anhelos más profundos y a sus experiencias más significativas, a través de la contemplación y la creatividad, este moderno chamán urbano atrae hacía sí a su publico al tiempo que lo espolea para que busque por sí mismo, pues le ofrece los medios necesarios para realizar un viaje interior propio. Moore aprende y enseña a partir de la experiencia, y usa la lengua de su siempre creciente tribu para abrir las mentes, aterrorizar los intelectos y consolar los corazones. También desaparece periódicamente, e incluso altera su discurso y se contradice a sí mismo, pero siempre emplea una numerosa variedad de recursos para mantener el núcleo de su coherencia. Esta vuelta a lo esencial antes de desarrollar una nueva idea resulta fundamental en los métodos de trabajo de Moore.

Esas imprecaciones distantes, esas oraciones y hechizos, provienen de alguien que viaja a un núcleo espiritual y que regresa para contar las historias que, todos nosotros, aguardamos con un ansia antes reservada únicamente a los grandes como Dickens. Relatos que no todos pueden entender, pues en ellos emplea un vocabulario y unos medios que desconciertan a poderes que de otra forma nos controlarían y esclavizarían. Mediante ese lenguaje secreto, a través de ese dialecto defensivo, Moore se comunica como lo hacen los mejores raperos: contando experiencias y difundiendo conocimientos vedados para quienes viven una existencia de confort y seguridad precaria, con sus mentes y sentidos cerrados a los acontecimientos que les rodean. Y este es el motivo por el que, como Dylan, se indigna con quienes fingen entenderle, con quienes claman representarle a él o a sus lectores, con quienes distorsionan y explotan la vibrante influencia de su visión… el motivo, en suma, por el que, a través de acciones significativas, se distancia de aquellos que lo aclaman mientras intentan usarlo no para encontrar conocimiento y entendimiento, sino puro y duro poder.

El anarquista que hay en Moore se identifica con su comunidad, con su público, de una forma que muy pocos consiguen, y a partir de esa comunidad –a partir de nosotros– extrae su inspiración y su propósito, la sustancia de su propia autoridad. El mago, el chamán que hay en Moore, emplea un medio complejo que, en sus manos, acaba siendo más sutil que una pluma, capaz de ofrecer una narración densa e inquisitiva que refleje y sustancie la nuestra. Usada por los demás, la novela gráfica puede ser un medio casi liviano que ofrezca una dosis razonable de entretenimiento durante unas horas. Bajo la pluma de Alan Moore se convierte, sin embargo, en un monumento imperecedero, susceptible de ser constantemente interpretado y examinado. Por eso le admiramos, le respetamos y le aclamamos… por ser un auténtico genio para el siglo XXI.

Este libro describe la historia de su viaje hasta este momento. Un viaje que nos seguirá inspirando y fascinando durante todos los años que queden por venir.

Michael Moorcock (autor, crítico, periodista y músico británico)

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