Regreso al mar. Introducción de Satoshi Kon

Regreso al mar es una historia inventada por mí mismo. Visto ahora, el título de la historia, serializada en 11 capítulos publicados entre marzo y junio de 1990 en la revista Young Magazine de la editorial Kôdansha, me da bastante vergüenza. Han pasado ya nueve años, un lapso de tiempo nada desdeñable para un dibujante en formación. Suficiente tiempo como para que un novato empiece a poder considerarse, hasta cierto punto, veterano. Tanto yo mismo como mi estilo de dibujo hemos evolucionado. El talento innato no es algo que crezca o se multiplique, pero la técnica sí va fermentando gracias a la repetición y el entrenamiento. Creo que yo también he evolucionado, poco o mucho. De hecho, al examinar los originales para preparar esta reedición he visto muchas cosas que me han hecho ruborizar.

Aquella época

Ya que me he ruborizado, aprovecharé para revivir un poco aquella época.  Regreso al mar fue mi primera historia larga, así como mi primera experiencia llevando una serie. Lo desconocido y la inexperiencia son cosas realmente terribles. Todo lo que, con todo mi empeño, había procurado dejar preparado previamente a la serialización, quedó fulminado como si nada en cuestión de tres capítulos. Luego me sumí en un mar tormentoso y me dediqué a bogar con esos estúpidos remos llamados “juventud” hasta que, cuando me di cuenta, hube terminado. Fueron varios meses de zozobra brutal. Tal vez lo que sufrió el embate del tsunami no fue el pueblo imaginario de Amite, en el que se desarrolla la historia, sino yo mismo.

Durante la serialización causé muchas molestias no solo al editor al cargo, sino también a los ayudantes que me estuvieron echando una mano. Al gastar en cuestión de un abrir y cerrar de ojos el pequeño margen que tenía, me temo que mi ya de por sí afilada lengua empezó a soltar auténticos puñales. Aprovecho la ocasión que me dan estas líneas para pediros perdón. Lo siento muchísimo.

Sin embargo, vivir en mis carnes este devastador tsunami me sirvió, por un lado, para abrir los ojos y darme dolorosamente cuenta de mi propia superficialidad y carencias técnicas y, por el otro, para alimentar mi experiencia, mi técnica y mi cuenta corriente. Un poco solamente.

Durante los meses de serialización no tuve tiempo ni para salir a la calle, y no lo digo en broma. Realizaba los storyboards (bocetos del guión y composición de página) de cada capítulo en dos días, invertía tres en los bocetos base y dos más en el entintado y los acabados. Como habréis calculado, si no sois unos negados absolutos para las matemáticas, eso da siete días. Y la revista en la que publicaba, la Young Magazine, sale con cadencia semanal. Una revista que sale cada siete días es fantástica para los lectores, pero para un autor representa un esfuerzo que solo puede calificarse con un adjetivo totalmente antagónico a “fantástico”.

En todo caso, yo fui incapaz de adaptarme al método de producción masiva que implica “comprar” tiempo y calidad mediante la movilización de un ejército de ayudantes. Para empezar, el apartamento de pobretón en el que vivía en aquellos momentos no disponía del espacio necesario para ello y, por otra parte, yo poseía un modesto orgullo que me instaba a dibujar con mis propias manos tanto como me fuera posible. A riesgo de ser malinterpretado, diré que estaba empeñado en que, si había que destrozar la obra por lo que fuera, debía hacerlo yo mismo, sin “ayudas” externas. Es una postura que directamente traiciona al fiel lector, pero yo soy sincero y, cuando veo que no puedo hacer algo, no puedo y punto. O sí, no sé.

Como mucho llegué a trabajar con tres ayudantes a la vez, pero normalmente me parece que había solo un par. Pese a quejarme de la falta de tiempo, como al principio contaba con cierto margen de páginas que había dibujado de antemano, me ofrecía para ir a entregar en persona los originales al editor. Os preguntaréis por qué me metía en semejantes berenjenales dignos de un loco, y la respuesta se encuentra en el “trato a cuerpo de rey” que me dispensaba el editor cerca del barrio de Ikebukuro, en Tokio. Ah, esas invitaciones a cenar y a salir de copas… ¡Qué maravilla! Por supuesto, no se trataba de ir los dos solos de copas por ahí y nada más, sino que mi supervisor me llevaba a locales en los que te atienden y dan conversación jóvenes señoritas que probablemente cobran excelentes jornales por su trabajo.  Así sí que saben bien las copas con las que celebras que por fin has terminado. De hecho lo ves todo de otro color. En plan… “¡Desde luego, esto es lo mejor de la profesión de mangaka, jua, ja, ja, ja!”

Sin embargo, ese sueño fue más bien fugaz y, al cabo de poco, al llegar hacia la mitad de la serie, me vi abocado a una vida deprimente, en la que mi único solaz era la copa que me tomaba antes de meterme en la cama. Para un mangaka, el mayor enemigo es el estado en el que caes unos dos o tres días antes de la fecha de entrega. Tienes que pasarte noches enteras trabajando para finalizar los originales y, al terminar, caes inconscientemente en una especie de espeso sopor. Y luego, al despertar, descubres que tienes el tiempo justísimo para realizar los storyboards del siguiente capítulo.

En aquel momento aún no formaba parte de mi vocabulario, pero visto en perspectiva, ese instante al despertar podría perfectamente ser un perfect blue (decaimiento total). Porque, al abrir los ojos, inmediatamente pensaba: “No tengo tiempo…”A medida que iban pasando las semanas, mi peso, así como el peso de los originales, iba menguando. No es ninguna metáfora. El peso físico de los originales era cada vez menor, os lo aseguro. Lo que delata que, al tener cada vez menos tiempo para perfeccionarlos, el número de trazos de plumilla menguaba paulatinamente. La frustración y el patetismo se desplazaron desde el lado derecho de mi cerebro al izquierdo, y las estaciones fueron pasando, pero solo al otro lado de la ventana.

Más allá de la puerta de mi cochambroso apartamento, la energía de la primavera, el olor de la brisa de mayo y los rayos de sol de principios de verano fueron pasando ajenos a mí y, para cuando terminé la serie, ya estaba al caer la deprimente, húmeda y calurosa estación de lluvias, entre junio y julio.Solo los trocitos de papel de tramas que flotaban en medio de la espuma de la lavadora me proporcionaron cierta sensación de haber logrado mi objetivo, una sensación que se asomaba tímidamente por detrás del cansancio y la frustración. “Aaah… Se acabó”.

Cuando terminé la serialización sentí una lejana expectación, como si estuviera siendo testigo de aquello a través de los ojos de otra persona o de una especie de membrana turbia y blancuzca. Sin embargo, no puedo decir que todo fuera malo. Lo mejor de la profesión de mangaka empieza una vez termina la serialización y esa bendición recibe el nombre de “tomo recopilatorio”. Así es: estoy hablando de ese El Dorado con el que tanta gente sueña: los royalties. Suelen decir que hacer manga es vender sueños, pero el sueño en vida de un dibujante de manga no es otra cosa que los tomos.

Un libro entero firmado con tu nombre. Mi primer tomo recopilatorio me colmó, como no puede ser de otra forma, de alegría.  Hice una ilustración original expresamente para la portada del libro. Al ser mi primer tomo recopilatorio, me esmeré en retocar algunas frases del texto. En cuanto al dibujo, también decidí arreglarlo un poco ya que, acosado por las fechas de entrega, había quedado bastante tosco durante la serialización. Incluso añadí unas cuantas páginas. Traté de acercarme a la imagen original que tenía de cada escena, recordando aquellos días de falta crónica de tiempo y pensando cosas como “esto lo había pensado así”, o “cuando estaba dibujando esta viñeta ocurrió lo otro”.

A pesar de tratarse de un trabajo concluido hacía apenas uno o dos meses, empecé a verlo todo fatal y, mientras me dedicaba a maquillar el dibujo por aquí y por allá, empezaron a entrarme ganas de corregirlo absolutamente todo. Aunque, evidentemente, después de un período tan duro de trabajo, mis reservas físicas y psicológicas habían menguado tanto que acabé justificándome a mí mismo con dulces palabras como “al fin y al cabo, ya di lo mejor de mí mismo durante la serialización, ¿no?” o “sí, esta parte será mejor que la deje tal cual”. Finalmente, los originales regresaron a las manos del editor y, más tarde, el libro llegó a las librerías, donde sería exhibido ante los potenciales compradores.

Fue en verano. Un soleado día, vi varias copias de mi primer tomo recopilatorio apiladas ante las estanterías de una librería cercana a mi casa. Recuerdo que aquel día, ya muy caluroso de por sí, acabó pareciéndome realmente tórrido debido a la alegría que me invadió cual un potente rayo de sol, la vergüenza que ascendió en mi interior como la pegajosa humedad de Tokio y una fuerte sensación de irrealidad similar a la forma como titila el aire en un día de calor infernal.

El legado

Creo que fue al cabo de poco de haber salido el tomo a la venta. Yo ya estaba enfrascado en un proyecto de animación, y un extraño fenómeno ocurrió en aquel estudio al amanecer. “¿¡Acaso ha aumentado la fuerza de gravedad dela Tierra!?” Realmente pensé eso, no es broma. Pero resultó que no era un fenómeno externo, sino interno. Mío. Sin previo aviso, recibí un fuerte latigazo de cansancio. El cuerpo me pesaba tanto que casi ni podía mantenerme sentado en el tren de regreso. Cuando por fin llegué a mi casa, me puse el termómetro y vi que el mercurio rebasaba la marca de los 40º C.

Pasé quince días en cama, sin parar de gemir. Después, acabé ingresando en el hospital. Bien pensado, aquella fue la primera vez que estuve ingresado, por lo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que Regreso al mar me regaló numerosas “primeras experiencias”. Hepatitis A. También fue la primera vez que recibí un diagnóstico tan imponente. Cuando ingresé al hospital no es que estuviera blanco como el papel, sino que estaba tan amarillo como un limón. Por la ictericia.

Visto ahora, creo que fue mala idea dejarme llevar y ponerme a beber como un cosaco después de haber terminado la obra, sin haberme dado tiempo a recuperarme física y mentalmente del estrés al que me había sometido durante tanto tiempo. Hice el tonto y bebí demasiado. El exceso de alcohol minó aún más mi depauperado físico, y ello animó a los implacables virus, que asaltaron con alegría mi cuerpo. Sin embargo, me recuperé antes de lo previsto y pude salir de alta, sano y salvo, tras haber recibido los cuidados de las enfermeras en mi cama de hospital durante un mes.Los royalties se encargaron de sufragar la factura del hospital. Buf, menos mal… Tsk, ni de coña.

Nueve años más tarde

Han pasado nueve años desde esta serialización, nueve años en los que he ido acumulando experiencias como la piedra suma estratos. En este tiempo publiqué un tomo de manga titulado World Apartment Horror (¡Qué horror de apartamento!) y, mientras veía cómo otras dos series de manga terminaban prematuramente, una por pura desintegración y la otra por el cierre de la revista en la que se publicaba, participé de diferentes maneras en varios proyectos de anime. En 1998 se estrelló en los cines, quiero decir, se estrenó en los cines, mi primera obra como director, Perfect Blue, que aquel mismo año se puso a la venta en VHS y LD y recibió, afortunadamente, muy buenas críticas, cosa que agradezco sobremanera.

Suena muy bien presentarse como Satoshi Kon, autor que destaca en numerosos campos como el manga, la ilustración o la animación”, pero me temo que en realidad no soy más que una persona con una alarmante falta de perseverancia, incapaz de permanecer quieto en el mismo sitio durante mucho tiempo. En mi interior quería pensar que tengo dos grandes pilares en los que me apoyo –el manga y el anime–, pero casi siempre que me presentan en revistas o donde sea acaban tildándome de “director de animación”. Así que me temo que habré perdido uno de mis dos pilares fundamentales, el de “autor de manga”, que ha quedado irremediablemente enterrado. No soy consciente de haberlo enterrado yo mismo, ni de haberme retirado de este campo, pero tampoco pretendo resistirme a las valoraciones objetivas de la gente. Actualmente acabo diciendo, riéndome de mí mismo, que “debí de ser mangaka en una vida anterior”.

Satoshi Kon (1963-2010)

(Publicado originalmente en la edición de Regreso al mar editada en 1999 por la editorial Bijutsu Shuppan. Fragmentos seleccionados)

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