Prólogo a Nemo: Corazón de Hielo. Alan Moore vuelve a la carga

A continuación, podréis leer el divertido y original prólogo incluido en la nueva entrega de The league of Extraordinary Gentlemen, Nemo: Corazón de Hieloa la venta en enero 2014.¡¡Alan Moore vuelve a la carga!!

¡UNA COMBINACIÓN EXPLOSIVA!

Por nuestra redactora Hildy Johnson

COB NEMOComo seguramente sabrán mis lectoras habituales, mi opinión sobre los casamientos es que en el matrimonio todo es muy duro salvo cuando a una le gustaría que lo fuese. A pesar de todo, con algunos reparos menores y algún whisky con soda, vuestra humilde corresponsal recibió una invitación exclusiva a lo que bien podría ser el gran acontecimiento de 1938, suponiendo que el pequeñín de Frau Hynkel se conforme con removerse inquieto en su silla del Reichstag durante un tiempo.

El asunto en cuestión, una inminente celebración matrimonial entre dos de las dinastías de piratas más duraderas del mundo, que se llevará a cabo en una isla inexplorada y envuelta en niebla del Atlántico Sur, con una lista de invitados llena de criminales sanguinarios y sin garantía de volver viva o indemne, me resultó, huelga decirlo, totalmente irresistible. Sin embargo, que me recogiesen en los muelles de Chicago a medianoche (seamos sinceras, chicas, ¿a quién no le ha pasado alguna vez?) para luego montarme en un sumergible negro como el azabache y delirantemente barroco, tripulado en gran parte por asesinas sin afeitar durante los siguientes diez días, me pareció un tanto decepcionante. Temporalmente al mando de nuestro inusual navío, el Nautilus, de infausta memoria marítima que se prolonga ya casi durante un siglo, la robusta señorita Sally Kidd supuso al menos un cierto alivio de la monotonía de nuestro encierro al facilitarme el acceso a la fuerte y voluminosa reserva de ron de la capitana. A pesar de tratarse aparentemente de la última de un linaje de corsarios curtidos en la navegación, puedo atestiguar con toda la suficiencia del mundo que, a la hora de beber, le di sopas con honda a la señorita Kidd. Afortunadamente, al rato fue ella quien me dio sopas con honda a mí a la hora de comer, así que quedamos en paz y acabamos con algo más que el honor satisfecho.

Finalmente, en las inmediaciones del Archipiélago Riallaro, envuelto en niebla, desembarcamos en un refugio pirata firmemente establecido y conocido como Isla Lincoln. Para todas las que no contéis con una vasta educación claramente insuficiente, por no hablar de las lectoras educadas para ser bastas y que puedan estar insuficientemente despiertas a estas horas de la tarde, tales refugios filibusteros incontrolados eran una característica de la vida marinera en los siglos XVII y XVIII: lugares anárquicos y comunitarios donde las facciones excluidas de la sociedad, ya fuesen criminales o teológicas, políticas o sexuales, podían congregarse fuera del alcance de las leyes y la buena sociedad. Ahora, obviamente, aquí en EE.UU. y hablando en plata, tenemos una palabra para definir un enclave anárquico y amoral de esta clase, y esa palabra es «Chicago», pero en otros lugares, como ya he señalado antes, hacen las cosas de manera diferente.

Y en ningún otro lugar resulta más evidente que en la Isla Lincoln. Fundada a mediados del siglo XIX por el príncipe Dakkar, aristócrata sij convertido en bucanero científico, más conocido como el primer Capitán Nemo, se cree que la Isla Lincoln es la última de estas utopías para bandidos y, a juzgar por las apariencias, nunca fue el típico ejemplo de sociedad donde medrasen piratas y renegados, como las mencionadas anteriormente. La misma pericia asombrosa aplicada a la ingeniería, que tan evidente resulta en las diferentes versiones sucesivas del temible submarino del príncipe Dakkar, se ha aplicado a todas las estructuras de la isla, con estancias de extravagante diseño y decoración e insondable función, levantadas sobre altísimos pilotes metálicos, mientras que apiñadas en la base de esas poderosas columnas se amontonan las chabolas coloridas e ingeniosas de las clases inferiores, incluidas residencias familiares y escuelas en cobertizos junto a tambaleantes tabernas y burdeles. Como ya he indicado antes, todo esto parece diseñado para que una chica se sienta como en casa.

Lo mismo podría decirse de la población de la Isla Lincoln, una multitud extravagante de alegres tarambanas procedentes, según parece, de los cinco puntos cardinales del globo; una mezcla de pervertidos, mariquitas, chiflados, genios, poetas, drogadictos, prostitutas, matones, comunistas y bebés gritones que solo podría resultarle exótica a una comunidad religiosa que hubiese vivido en las montañas Catskills hace unos doscientos años. Dicho de otro modo, los habitantes de Lincoln son exactamente como las personas que viven en esos barrios que frecuentas cuando buscas diversión. Las únicas diferencias son que el «barrio» de Lincoln es, por la fuerza de las armas, una nación soberana por derecho propio y que, en lugar de nuestras queridas metralletas, es más probable ver a los residentes de Lincoln practicando escalas con pistolas automáticas de arpones.

Al llegar me recibió un hombre fornido de unos veintitantos años, un mestizo de ascendencia polinesia y anglosajona que se presentó como Tobias Ismael y anunció que debía acompañarme a la cabaña elevada ocupada por la soberana de la Isla Lincoln y mi anfitriona para esta regia ocasión, la princesa Janni Dakkar. En su condición de sucesora del arquitecto de la isla y heredera de su sin par vehículo subacuático, no puede negarse que la princesa es la digna hija de su padre. Allí, esperándome en un lujoso salón adornado con el botín de una docena de tierras y varios siglos, estaba una mujer atractiva y muy formada y entorpecida por los gestos de un villano de película.

Parpadeando solo una vez cada hora y con una evidente habilidad, muy estudiada, en su despliegue de pausas intimidantes durante una conversación que, por lo demás, resultaba agradable, la princesa Dakkar es, a sus 43 años, la segunda persona que se hace llamar Capitán Nemo y ya se ha ganado una reputación de carnicera despiadada que iguala o incluso supera la de su ilustre predecesor. Tras comenzar su carrera con la destrucción imprevista, y la masacre que la acompañó, de los muelles del este de Londres en 1910, este pintoresco ejemplo de lo que antiguamente y con mucha discreción se habría denominado «una aventurera» pasó a realizar una profanación de tumbas subacuática en 1912 con su audaz, por no decir despiadado, saqueo de lo que hasta entonces se pensaba que eran los restos irrecuperables del transatlántico hundido Titan. Durante la Primera Guerra Mundial, la princesa al menos mostró una actitud ecuánime al torpedear y saquear por igual los barcos de ambos bandos en conflicto. Después de varios años de posguerra marcados por robos y homicidios cada vez más refinados, en 1925 esta última flor del linaje de los Dakkar asesinó a varios empleados de Charles Foster Kane para apoderarse de los objetos de valor pertenecientes a la invitada de Kane, la prometedora y despreciablemente juvenil reina Ayesha, del territorio de Kor, en África central, que a buen seguro ya no cumple los sesenta. Al parecer, no contenta con el robo, la querida hija del príncipe Dakkar llevó a los venerados inventores estadounidenses Frank Reade Jr. y Jack Wright Jr. a una muerte que aún carece de explicación en la Antártida antes de que acabase el año.

Desde entonces, hay que reconocer que la princesa Dakkar se ha limitado a cometer alguna atrocidad de vez en cuando o algún incidente de alcance internacional, como el caprichoso secuestro por parte de la princesa en 1933 del colosal cadáver de simio que las Autoridades Portuarias de Nueva York mantenían refrigerado tras un alboroto muy publicitado que había resultado mortal ese mismo año. Como más tarde se supo, el motivo que llevó al segundo Capitán Nemo a realizar este robo alucinante fue el impulso caprichoso de ver los huesos del enorme simio devueltos a su lugar de nacimiento en la Isla Calavera a raíz de las súplicas de los nativos de la isla. Para que mi amable lectora no llegue a la errónea conclusión de que la princesa ha perdido fiereza en los últimos años, debo señalar que aún conserva el cráneo impermeabilizado y barnizado de su padre como un adorno del acorazado subacuático que él le legó. Claro que ya se sabe que las mujeres somos más proclives a los sentimentalismos.

Vestida con un traje pantalón entallado color verde esmeralda y una levita con un toque varonil y militar, la princesa no desentonaría en un gran desfile de moda si únicamente renunciase a su preocupante alfanje. Mientras tomaba té con menta con su alteza, observé con admiración los exquisitos modales y el educado respeto a la etiqueta que a menudo he visto en aquellos con el poder suficiente para matarte. El silencio que siguió a nuestra presentación se prolongó durante unos diez minutos antes de que vuestra intrépida reportera comprendiese con retraso que la princesa Dakkar esperaba que le hiciese una pregunta y que tenía intención de seguir sentada pacientemente sin abrir la boca hasta que diese el paso.

Confieso que mi primera pregunta, que se limitó a un trémulo «¿por qué me ha hecho venir aquí?» no estaba al exigente nivel periodístico que a estas alturas seguramente esperáis de mí, aunque la princesa pareció tomárselo con calma. Me contestó, en un inglés demasiado preciso e impecable, que como había dejado claro en su carta, la ocasión era el matrimonio de su hija Hira con un renegado aeronáutico algo mayor, el bandido científico francés Armand Robur. Aunque evidentemente soy demasiado joven para recordarlo, me he informado fehacientemente de que el difunto padre del novio, un tal Jean Robur, se labró una gran reputación a finales del siglo pasado, con una asombrosa nave de guerra voladora conocida cariñosamente como el Terror. La princesa me explicó, en un tono de voz que podría recordar vagamente al que una emplearía con una imbécil sin educación, que la inminente unión de las dos familias con sus respectivos dominios de aire y agua suponía una importante fusión en el mundo de la piratería que estaba deseando dar a conocer en virtud de sus efectos psicológicos sobre sus posibles víctimas y competidores piratas.

Cuando repetí mi pregunta, esta vez corregida, para saber por qué había sido seleccionada yo en concreto para asistir a aquella celebración matrimonial, la princesa Dakkar sonrió.

«Sus escritos son una gran fuente de diversión para mí. Me gustan especialmente las expresiones ingeniosas que utiliza de vez en cuando, como en la descripción que hizo de mí hace algunos años como una «caudillo que se presenta en sociedad». Me pareció muy gracioso».

Teniendo en cuenta que yo ya había olvidado aquella agudeza antes de acceder a acudir a la cita en el muelle, las lectoras habituales de esta columna comprenderán que el silencio intimidante que ya he mencionado antes y que siguió a ese comentario hizo maravillas con mi percusión cardiaca. Cuando por fin le pregunté a la princesa si al menos me permitiría ajustarme la faja antes de decapitarme, para mi gran alivio se echó a reír con una sorprendente musicalidad, y estropeó ligeramente el efecto que había creado añadiendo un (probablemente) malicioso «Faltaría más». Proseguí con el interrogatorio con la esperanza de así evitar la ejecución y le pregunté a la princesa Dakkar si podría enseñarme la isla y tal vez conocer a su familia con la finalidad de poder ofrecer un retrato fidedigno cuando escribiese mi artículo. Tras unos segundos de tensión que me destrozaron los nervios, la princesa finalmente accedió a mi petición con la condición de que sería ella quien me acompañase en mi visita a sus dominios, y me explicó que por fuerza sería una visita breve, pues debía volver a tiempo para las incipientes nupcias, que se celebrarían a primera hora de la tarde. Así pues, establecidas las normas, partimos en peregrinación por la abarrotada capital pirata, donde unos tipos musculosos y tatuados se apresuraron a atender todos nuestros caprichos a dondequiera que fuésemos. Confieso que, si me dieran a elegir, algo harto improbable, podría acostumbrarme a dichas atenciones.

Mientras paseábamos entre los imponentes puntales de su feudo destartalado, mas desconcertantemente eficiente y bien administrado, comencé a entender cómo lograba Janni Dakkar hacer funcionar tan bien todo aquel tinglado y, al mismo tiempo, me di cuenta de por qué, a pesar de sus muchas similitudes, el bastión pirata de la Isla Lincoln no se parece en nada al bastión pirata de Chicago. Aquí, y por extensión en todas las ciudades occidentales, tenemos multitud de propósitos individuales y a menudo delictivos opuestos agresivamente entre sí y con los propósitos del statu quo. En la Isla Lincoln, sin embargo, hay multitud de propósitos individuales y casi por entero delictivos que colaboran totalmente los unos con los otros en una cultura donde canallas y corsarios se han convertido en el statu quo. Por increíble que parezca, en esta isla repleta de delincuentes no hay delincuencia; al menos según los geniales villanos con los que tuve ocasión de hablar, que me aseguraron que «la Capitana» se ocupaba de manera justa e imparcial de todos los conflictos en cuanto surgían. Al parecer, la traición, ya sea a una empresa rival o a las autoridades, es el único delito que en la Isla Lincoln está castigado con la pena de muerte, y en palabras de la propia princesa, «no sucede jamás».

En nuestra exploración de las imposibles instalaciones de la isla se me permitió la entrada a la montaña hueca o volcán donde reposa el impresionante Nautilus. Allí di un grito ahogado y susurré en señal de admiración como si mi vida dependiese de ello, algo que no me atrevía a descartar en absoluto. La siguiente parada en nuestro recorrido algo apresurado fue el aeródromo, recién terminado, en el extremo norte de la isla, aparentemente construido como un gesto de comodidad y gran civismo al clan Robur. En cualquier caso, allí pude regalarme la vista (entre los dedos entreabiertos) con la pasmosa fortaleza volante de dicha familia, bautizada muy apropiadamente como el Terror. La enorme mole de aquella maquinaria nefanda bastaba para provocar un ataque de vértigo. Aunque su inventivo hijo había modificado a todas luces el diseño original de Jean Robur, el mero hecho de imaginarme un objeto de aquel tamaño monstruoso suspendido en el aire por encima de los chapiteles de la civilización me recordó a las similares masas aniquiladoras de gravedad del Sr. R. Magritte. Después de ver estas últimas, a menudo necesito sentarme inmediatamente, con frecuencia agarrada desesperadamente al sillón o a la alfombra.

De regreso al ajetreado epicentro de la isla desde aquel centro de actividad, más periférico, me concedieron la segunda parte de mi petición y me presentaron a paso ligero a la familia inmediata e inminente de la princesa. El primero, a quien sorprendimos mientras se vestía para la ceremonia, era el consorte de la princesa desde hace unos trece años, un hombre rudo, maravillosamente proporcionado y admirablemente bien conservado (que, como mínimo, es septuagenario; será el aire del mar) al que me presentó con un cariñoso «Le presento a Jack». Si mis fuentes no me fallan, debía de tratarse del recluso fugitivo que se volvió corsario filibustero y se hizo famoso a finales del siglo XIX con el nombre de «Broad Arrow Jack», un apodo cuyos orígenes me resultaron inmediatamente evidentes desde el momento en que entramos sin avisar en su vestidor. Desnudo hasta la cintura de un modo muy agradable, un adjetivo que rara vez utilizo al describir a hombres de setenta años, el tatuaje, negro y de un tamaño considerable, de una flecha estampado en su espalda desnuda como prueba de su anterior confinamiento me bastó para no tener que preguntarle por el origen de su pintoresco nombre de novela barata. Aunque al parecer estaba ocupado intentando introducir su considerable tamaño en un esmoquin hecho a medida, obviamente una prenda de vestir que no se había puesto nunca, daba la impresión de tratarse de un hombre reflexivo y en todo punto honrado con una devoción casi desmedida por su esposa, rasgos que, según me informan con toda fiabilidad, rara vez se encuentran entre los esposos civilizados y respetuosos con la ley de mis colaboradoras más cercanas. La princesa, en compañía de su marido, hizo gala de una dulzura y una calidez que fácilmente podrían hacer olvidar, aunque fuese por un momento, el caos y la destrucción espectaculares del que han sido responsables estos dos tortolitos.

Muy diferente al agradable y sencillo Jack fue la siguiente parada de mi itinerario, el cortado y formal novio Armand Robur. Solo tenía cuatro años cuando su querido padre se precipitó en llamas con el predecesor del Terror sobre el Somme en 1915, y el joven Robur parece, comprensiblemente quizá, haberse convertido en una especie de ladrón acrobático bastante sombrío y resentido. De pelo moreno y con una barba cuidadosamente cepillada para complementar su recargado uniforme de gala rayano en el ridículo, el señor del mundo, de 27 años, parecía inmune a los encantos de vuestra reportera, y respondió abruptamente a mi única pregunta en un desdeñoso francés a través de la atenta reina pirata que en breve tendría por suegra. Se me informó muy claramente que el joven Robur tenía a Estados Unidos en baja estima por su reticencia a la hora de tomar partido en el probable conflicto con Tomania y Alemania, y por lo tanto no pensaba dignarse seguir hablando conmigo, algo que, francamente, me supuso un alivio considerable.

Mucho más agradable, aunque en cierto modo más preocupante, fue mi encuentro con la novia del joven mercenario del aire, aún más joven que él. A pesar de que previamente ya he anunciado el hecho de que la princesa Dakkar y Broad Arrow Jack llevan tan solo trece años juntos como pareja, mi falta de habilidad con las matemáticas me hizo tener que reprimir un grito sobresaltado cuando me presentaron a Hira Dakkar mientras la vestían y le hacían intrincados dibujos con henna roja como preparación para la ceremonia, que no tardaría en comenzar. Hira Dakkar, la tercera generación de azotes del mar y el cielo, era una novia de una belleza casi desgarradora, aunque parece que acaba de cumplir doce años. Diréis que soy una antigua, pero a pesar de ser alguien que ha veraneado con frecuencia por debajo de la línea Mason-Dixon, aquello me pareció demasiado moderno para mi gusto, aunque me dijeron que los matrimonios concertados de este tipo y a veces a esta tierna edad son algo típico de las tradiciones hindú y sij. Como si la princesa intuyese que había una pregunta que yo era demasiado fina para hacer, cuando la joven novia ya no pudo oírnos, su madre se esforzó en informarme de que en este caso el acuerdo era consensual y que, por supuesto, el matrimonio no se consumaría durante cinco años como mínimo, algo que según mis cálculos seguiría siendo delito en mi país. Además, añadió la princesa, con la probabilidad de que la guerra aérea jugase un papel tan importante como las batallas navales en la próxima y probable conflagración, la alianza con los Robur se había convertido en una prioridad táctica. ¿Acaso no es hermoso el amor entre jóvenes?

Por más interés que pudiera tener en impresionaros con mis conocimientos cosmopolitas de otras culturas, no tengo inconveniente en confesar que la prolongada ceremonia de boda, cuando por fin llegó, me resultó totalmente incomprensible. Me pareció una ceremonia extremadamente recargada con innumerables entregas, durante las cuales se nos presentó una asombrosa variedad de confites indios de intensos colores en lo que parecían ser intervalos entre rituales que había que observar rigurosamente. En algún momento, afortunadamente, la ceremonia formal de la tarde dio paso a una celebración más tradicional regada con alcohol por la noche, después de que la novia, agotada, se retirase no sin antes recibir un decoroso y decente besito de buenas noches en la mejilla por parte de su maridito tristón y su madre la condujese a la habitación, familiar y llena de juguetes, que iba a ser su solitaria suite nupcial. Fue entonces cuando vuestra intrépida corresponsal se deshizo por fin de sus inhibiciones y se relajó lo suficiente para participar del espíritu de embriaguez del jubiloso acontecimiento. Según me han dicho, mi manera de bailar causó sensación, acompañada por una sucesión embelesada de aspirantes a megalómanos y dominadores de mundos, a algunos de los cuales parece ser que les gusté mucho, a juzgar por la notita de amor de un tal «Conde Zero» que me encontré en la media al día siguiente. Tengo que reconocer que esto me sucedió al despertar con un dolor de cabeza espantoso en mi camarote del Nautilus. Acto seguido, la joven y temible señorita Kidd me informó de que me había pasado durmiendo, o más bien inconsciente, las anteriores dieciocho horas, y que ya llevábamos recorrida una buena parte del camino de vuelta a casa, si bien aún no estábamos lo bastante cerca para oler la pizza y los chanchullos.

Por muy mona que estuviese la pareja, ella con sus cintas en el pelo y él con sus distinguidas charreteras y su destructor aéreo de cien toneladas aguardando en la pista de aterrizaje de la isla, recientemente construida, tengo serias dudas sobre el tiempo que durará. Y no, no me refiero a la relación de estos dos recién casados, sino al mundo. A pesar de la incómoda diferencia de edad y cultura, ambos son hijos de unos enemigos implacables de la humanidad, y estoy bastante segura de que les irá muy bien; quienes más me preocupan somos los demás. Desde mi punto de vista, la próxima guerra en Europa augura tiempos de bonanza para el negocio familiar de los Dakkar; y ahora, que hasta podemos esperar un ataque procedente del sereno cielo azul, cuesta pensar en algún lugar que pueda considerarse totalmente seguro, con la posible excepción de la soleada Isla Lincoln.

Confiemos en que la feliz pareja no esté planeando tener hijos próximamente. Algunos árboles genealógicos tienen bichos peligrosos e inesperados escondidos entre sus ramas, n’est-ce pas?

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