Llegan las aventuras gráficas de Dexter (junio)

DEXTERGran parte de la conexión emocional que las narrativas seriadas establecen con el lector o espectador radica en su característica de desarrollarse a lo largo de un amplio intervalo de tiempo. El recuerdo de una buena novela o una excelente película puede acompañarnos toda nuestra vida pero, salvando revisiones, rara vez lo hará su consumo: permanecerán junto a nosotros durante un breve período de tiempo, que abarcará de apenas un par de horas a unas semanas y, luego, acabarán. Y, a la larga, evocaremos el momento, el día o el breve lapso durante el cual las conocimos, pero no mucho más. Nos marquen en mayor o menor medida, su acompañamiento vendrá siempre definido por la brevedad. Y, cuando todo acabe, secuelas mediante, no habrá vuelta atrás.

Sin embargo, cuando hablamos de cómics o series de televisión (pues la época del folletín parece haber pasado ya) este intervalo se mide en años. Una serie media, en su período de emisión original, puede durar tranquilamente de cinco a diez temporadas, o a veces más, lo que equivale a que sus protagonistas permanezcan con nosotros durante un lustro o una década. Quienes no lo hayan experimentado ya, podrán imaginárselo: de cinco a diez años viviendo junto a unos personajes que se van construyendo, desarrollando, enamorando y muriendo poco a poco, frente a nuestros ojos, semana a semana, hasta que resulta inevitable acostumbrarse a su presencia y asumir que se han convertido en otro componente esencial de nuestra cotidianeidad. Y así prosiguen hasta que, un buen día, la serie emite su final y ya no los vemos más. Casi da un poco de vergüenza admitir que sentimos pena por ello o que, a la semana siguiente, percibimos cierto sentimiento de pérdida ante la ausencia de unos seres que ya no están.

En efecto, despedir a un personaje que nos inspira complicidad y familiaridad puede ser relativamente complejo, y hace poco tocó hacerlo con uno de los más queridos: nada más y nada menos que Dexter, el antiheroico asesino en serie cuyas peripecias forenses se habían extendido durante ocho temporadas en el canal Showtime (Fox Crime o Cuatro en España), desde un lejano octubre de 2006, y al que el pasado 23 de septiembre de 2013 tuvimos que decir adiós… ¿definitivamente? Pues puede que no, porque la respuesta a este interrogante es una cuestión de matices: de la encarnación del asesino interpretada por Michael C. Hall nos separamos de forma considerablemente conclusiva, desde luego, a juzgar por las declaraciones de los productores de la serie y del mismo actor protagonista; pero del asesino y sus aventuras claramente no.

Por una parte, porque la televisiva es solo una de las versiones de Dexter: la original, surgida de la pluma del novelista norteamericano Jeff Lindsay y parcialmente distinta a la catódica, continúa su buena marcha en el campo literario. Por la otra, porque el propio autor se ha ocupado de ampliar el universo de ficción de su criatura mediante el cómic que, de la mano de Planeta DeAgostini Cómics, debuta ahora en España con el volumen que el lector sostiene en sus manos; una obra que se ha planificado cuidadosamente para apelar por igual al seguidor de las novelas y al espectador de la serie televisiva.

En primer lugar, cabe destacar que este tomo presenta una historia única, inédita, coherente y conclusiva. Esto es, no es una adaptación de historias ya vistas, sino una totalmente original; y aunque en Estados Unidos ya está en marcha una nueva miniserie que narrará más casos del personaje, esta obra contiene una historia completa en sí misma, sin cliffhangers ni continuarás. En segundo, cuando el lector pase la página, se percatará de que no se encuentra ante una continuación cronológica de las aventuras de Dexter, ubicada a renglón seguido de su última aparición en un medio u otro. Este cómic no funciona como secuela o derivación, sino como un texto consagrado a un ejercicio de estilo muy posmoderno: el de rellenar huecos (bien entre libros, bien entre temporadas). Así pues, vemos a Dexter en la cima de su estabilidad familiar: casado con Rita y cuidando de Astor y Cody. Esto sitúa la acción de los acontecimientos en un período indefinido situado entre la segunda y la tercera temporada de la serie o, si se prefiere, entre Por decisión propia y El asesino exquisito (cuarta y quinta novelas).

Conviene, no obstante, hacer ciertas precisiones, pues el seriéfilo empedernido debe estar al tanto de unas cuantas cuestiones clave: en su corpus literario, Dexter contrae matrimonio con Rita sin que esta se encuentre embarazada, de ahí que no haya ni rastro de gestación ni mención alguna a Harrison. Además, la entrañable galería de secundarios apenas está presente, bien porque en el mundo de la letra impresa desaparecieran hace tiempo (LaGuerta muere a manos de Brian en el primer libro; Doakes continúa vivo, pero severamente mutilado, tras el segundo), bien porque su rol sea mucho menos prominente (caso de Masuka o de Ángel Batista, quien en los libros es otro técnico forense). Por último, hay que señalar que Deborah Morgan (raramente llamada Debra) conoce el peculiar secreto de su hermano desde el final del primer libro, por estar consciente durante la charla entre Dexter y Brian a la que los espectadores asistieron en el último capítulo de la primera temporada. Respecto al seguidor de las novelas, solo mencionar una omisión: ni Astor ni Cody tienen las tendencias que presentan en la obra de Lindsey a lo largo de este cómic. O, al menos, no se mencionan.

Salvando estas diferencias, nos encontramos con el mismo psicópata de siempre: socarrón, homicida, asocial, con su perenne pasajero interior y continuamente comentando los sucesos acontecidos con una distanciada voz en off. Tan cerca de la gente y, al tiempo, tan alejado de todo lo humano. Leer este cómic, pues, es como volver a saludar a un viejo amigo al que no creímos posible volver a ver tras su última partida. Ha cambiado, sí. Pero, en el fondo, sigue siendo el mismo. Y nosotros, que estábamos deseando saber qué tal le había ido, lo celebramos con una sonrisa cómplice, mucho plástico, metros de cinta aislante y un cuchillo nuevecito y recién afilado. Vuelve cuando quieras, Dexter. Nunca nos cansaremos de ti y siempre serás bienvenido.

Despedidas y reencuentros, por José Torralba

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