El Puente del Troll de Neil Gaiman

EL DIABLO EN EL CRUCE DE CAMINOS

“Soy un troll. Ol rool si gol finnol.”

Frente a una encrucijada vital, Fausto solicitó a Mefistófeles sabiduría y placeres incognoscibles, Paganini vendió su alma por virtuosismo con el violín y Robert Johnson obtuvo su dominio de la guitarra en el blues. El protagonista de esta historia se encontró a su demonio y dio media vuelta.

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En realidad, el relato de Neil Gaiman que inspira esta adaptación de Colleen Doran no es un mito faustiano, sino una revisitación de la fábula de Los tres machos cabríos Gruff del folklore noruego. Allí apareció por primera vez la figura del troll que acecha bajo un puente, monstruo de la mitología escandinava que habitaba estos cruces exigiendo un peaje para atravesarlos sin ser devorados. En la fábula original, tres cabritos hermanos tratan de cruzar el puente de uno en uno y, cuando el troll los amenaza, lo engañan diciendo que esperen al siguiente hermano, que es mayor y, por tanto, tiene más carne. Esto se repite con el segundo hermano y, al llegar el hermano mayor, el troll se abalanza sobre él, pero éste, que ya es adulto, lo embiste haciendo que caiga al río y se ahogue.

Gaiman, sin embargo, ambientando el relato en la Inglaterra rural de la segunda mitad del siglo XX y su progresiva industrialización, opta por sustituir a los tres cabritos por un joven que se topará con el puente del troll en su infancia, su adolescencia y su edad adulta.

Del mundo de las hadas a un solitario y triste condón usado

Hasta hace no tanto como nos gustaría admitir, la vida y lo que se podía (y debía) esperar de cada persona eran un camino recto y prefijado. Una vía de tren con sus estaciones y sus cambios de agujas ya marcados, con sus potenciales desvíos siempre sostenidos por un camino de madera y hierro. Mujeres y hombres con sus roles y expectativas sociales predefinidos (“Los trolls pueden oler los sueños que soñaste incluso antes de nacer”, dice el monstruo) que, de optar por no seguir el plan impuesto, portarían el estigma del rechazo, del fracaso vital a ojos de quienes continuaban la ruta marcada. Así que no habría que hablar en pasado con tanta facilidad, puesto que la apertura presente de vías alternativas aún tiene mucho que recorrer y, en el caso de nuestro protagonista, las vías férreas desaparecerán a sus pies, literal y figuradamente, definiéndolo para siempre mientras se niega a aceptar su identidad.

Así, la infancia se convierte en el recuerdo idealizado, el espacio de la fantasía, de los negros dragones de hierro, las hadas, las piedras preciosas y la viveza de los colores. El primer encuentro con el troll lo impulsa a una adolescencia de pretendida rebeldía algo más oscura y realista, repleta de vida, pero con colores más apagados. El despertar sexual en esta etapa le llevará a un nuevo encontronazo con el ser mitológico y un nuevo paso atrás que ya lo acompañará hasta una cenicienta edad adulta que le confirma que el camino tomado era una vía muerta.

Un rol ambiguo en un trecho antiguo

El origen de estas realizaciones vitales, así como la antigua idealización del itinerario a seguir, radican en el tradicionalismo, generados o potenciados por la religión, que deriva en la estigmatización. Es esta visión cerrada del mundo la que ha delimitado históricamente los roles de género, más frecuentemente por oposición destructiva que por proposición constructiva. En la actualidad, los debates a este respecto se centran sobre todo (y con motivo) en la lucha feminista, pero también los hay sobre masculinidades tóxicas y nuevas masculinidades que rechazan la hegemónica, es decir, contra la idea de “cómo debe ser un hombre (cis heterosexual)”. Pero, a pesar de que estas ideas hayan suscitado una necesaria discusión, no siempre se ha producido y, como ahora, tampoco lo ha hecho en todos los lugares ni en todos los estratos sociales. Y ese es el estigma real del protagonista de esta historia y lo que le va a llevar a negar su identidad.

Como él, todas las personas que, por la educación recibida, la clase social o su entorno familiar, han querido ocultar su no-normatividad, su divergencia del plan socialmente predefinido, llegan a sufrir crisis de identidad, problemas de salud mental e incluso dudas respecto a su humanidad y a si merecen seguir viviendo. Y es en la forma de afrontar estos problemas donde encontramos realmente al diablo en el cruce de caminos. Algunas de ellas optan por decisiones extremas y otras consiguen liberarse de todos sus yugos y salen adelante. Pero hay quienes se quedan en un punto intermedio, en la negación, la no auto-aceptación, y entonces viven atrapados bajo un puente húmedo, sucio y oculto, enfrentados a su demonio mientras escuchan las vidas del resto pasar por encima de sus cabezas.

Ander Luque

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