Hoy me ha pasado algo muy bestia

DESEOS, FANTASÍA Y REALIDAD. INTRODUCCIÓN DE JAVIER OLIVARES (El Ministerio del Tiempo).

“Hasta los superhéroes necesitamos dormir. Los que no salimos en los comics, claro”. Esta frase del protagonista de Hoy me ha pasado algo muy bestia, resume a la perfección el punto de vista de la novela de Daniel Estorach, su autor. Porque lo que se plantea es cómo los superpoderes surgen de la necesidad. De un entorno social contemporáneo. De una cultura joven y popular en la que los comics ocupan un papel esencial.  Unos comics que leen el autor de esta novela y, también, sus personajes.

Barcelona, como paisaje. Ésta es otra de las grandes bazas de Hoy me ha pasado algo muy bestia. Cualquiera que conozca la ciudad reconocerá el escenario de las andanzas del justiciero del post-it. Es decir, de Daniel García, nuestro superhéroe. Hace años, se hizo popular un poster de Mazinger Z paseando por la Gran Vía, justa respuesta a la pregunta de los que nos divagábamos por qué los alienígenas sólo invadían los EEUU y los superhéroes de toda la vida parecían no tener visado para salir de allí, si no era hacia el cielo. Como si el famoso muro de Trump contra la migración mexicana hubiera funcionado antes de su llegada al poder y a Twitter, pero en sentido contrario: prohibido salir de allí.

No es la primera vez que ocurre. España ha tenido ya superhéroes antes de Daniel García: el Capitán Trueno, El Águila, el Capitán España, el paródico Pafman, Super López, Iberia Inc, Ibéroes (aquí con Birli y Birloque, anticipo del Firestorm de Legends of Tomorrow)… Incluso mi superhéroe preferido de mi infancia no era made in USA, sino inglés: Zarpa de Acero… Y lo dibujaba a menudo el español Jesús Blasco. La diferencia es el momento, la época. Porque vivimos en una en la que la frontera entre el bien y el mal se diluye y no tiene aduana. Los superhéroes han vivido, fuera de tiempo, en una certeza moral (afortunadamente destrozada por Moore y otros) que acabó con los campos de exterminio y los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Siguieron vendiendo un caramelo que estaba caducado. Hoy me ha pasado algo muy bestia, no.

Esencialmente, porquetranscurre en nuestros días, herederos del Cambalache, el tango de Santos Discépolo. En él, se definía el siglo XX, como “problemático y febril”, un despliegue de maldad insolente en el que “vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseados”. En el que resulta ser lo mismo “ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador”. Lo escribió en 1934 sin saber que iba a definir la posmodernidad tan bien como Adorno y mejor que Baudrillard.

En ese fango, un joven descubre que la ira ante lo injusto hace que despliegue una fuerza inusitada. Y se convierte, en una novela esquemática y escrita a ritmo de blog (antes se hubiera dicho “diario”), en alguien que ni tiene tiempo a experimentar que todo gran poder implica una gran responsabilidad. Así, a ciegas y por la directa, tendrá que profundizar en lo que es justo o injusto. En que las apariencias engañan. Y todo en un mundo en el que se pasa de asesino a víctima según se cruza una calle. En el que leer los periódicos y ver la televisión descorazona. Y, a veces, hasta da rabia.

“Hasta los superhéroes necesitamos dormir. Los que no salimos en los comics, claro”. Esta frase del protagonista de Hoy me ha pasado algo muy bestia implica otro factor esencial de esta novela: su continua lucha por hablar de la realidad, aunque su protagonista tenga superpoderes. Porque es la dura realidad de un vecino maltratador quien provoca el nacimiento del héroe. Porque éste sigue con su trabajo, su novia, sus amiguetes, familia (a la que se echa de menos en más páginas del libro)… mientras va descubriendo que hay más personas “especiales”. Voces extrañas que le hablan (y le ayudan), un maestro mago que desaparece cuando más hace falta, un policía de la científica que juega con ventaja visionaria, disidentes, fracasados, bibliotecas invisibles… Y más que anuncian un evidente “Continuará, estén atentos a sus pantallas”.

Entre medias, Super Daniel tiene vecinas que le llevan comida. Problemas para poder comprar toda la ropa que necesita tras destrozarla. No tiene casco, sino pasamontañas (como si fuera un terrorista urbano). Para poder compatibilizar heroicidades y vida laboral. Por no tener, no tiene ni tiempo para asimilar la destreza necesaria, ni estrategias que le eviten correr riesgos. Es un héroe por accidente que tiene que improvisar (como buen español) sobre la marcha. Y que, por ejemplo, aprende que no se debe llevar el móvil a una misión por si suena a mitad de ella. Algo que me recuerda (lo tomé como homenaje) a la recomendación que se da en Watchmen, de lo jodido que es llevar capa cuando no sabes volar. Su búsqueda de indumentaria, me generó la misma sensación de homenaje.

En definitiva, el protagonista de Hoy me ha pasado algo muy bestia es un héroe de clase baja. Un joven estupefacto (el título lo indica claramente) ante lo que le ocurre, como si pasara a la edad adulta saltándose una década. Y, como tal, lo primero que aprende que nada es objetivo.

Luego aprenderá que ser normal acarrea menos dolor que tener poderes. Como aquel ángel que perdió las alas cruzando una calle del París de los impresionistas que, cuando alguien fue a recogérselas porque se le habían caído, respondió: “Prefiero no llevarlas. Así podré pecar como cualquier hombre con total anonimato”.

Un aviso: no esperen descripciones, ni lecciones de moral (aunque a veces parezca que empiezan a darse y otras se echa de menos que se desarrollen). Esta es la historia de un estupor. De un superhéroe español, tierra en la que la fantasía y la cultura pop nunca hicieron mucho arraigo pese a los genios que ha tenido al respecto.

Patrimonio nacional. Eso es Hoy me ha pasado algo muy bestia. Del verdadero. Humilde, eso sí, porque habla de lo que tenemos y lucimos, aunque no todo sea esplendor. Necesario, porque abre vías que otros andarán y desarrollarán. Incluido el propio Estorach, porque es tanto lo que imaginas leyendo Hoy me ha pasado algo muy bestia, que la propia novela se queda corta. Esquemática. Y lo hace por voluntad del que la escribe. A ritmo de blog, de diario… de la vida imposible de un personaje rodeado de un paisaje cierto y oscuro en el que las ilusiones chocan con la realidad, en ese momento en el que no te queda otra que asumir ésta.  En el que, como escribiera María Elena Walsh, en un cenicero cabe una catástrofe. Y ante una ventana se vuelven cobardes muchos hombres y hasta algunos ángeles.

Me encantaría que, algún día, un viejo Daniel García (el protagonista de la novela) contara, a los 80 años, con la experiencia del tiempo, lo que le pasó con 32 años. Cuando le dolía la cabeza y no sabía por qué. Cuando, en esa edad (en este país) en la que uno se plantea la hipoteca, atreverse a fundar una familia y asentar la cabeza, va y, de repente, se convierte en un super héroe. Que recordara lo que pasó a partir de aquel día en el que le pasó algo muy bestia. Espero esa novela con ganas.

PRIMERA ENTREGA DE LA NOVELA (DANIEL ESTORACH) Y DE SU ADAPTACIÓN AL CÓMIC (EL TORRES, JULIÁN LÓPEZ ), YA EN LIBRERÍAS.

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