Prólogo de Autonomous

Por Gina Tost

Más de medio siglo separa “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”, una de las obras culminantes del gran visionario de la literatura de ciencia-ficción Phillp K. Dick, y “Autónomous”, la primera novela de Annalee Newitz. Sin embargo, algunos lazos unen ambas obras. En la primera, la droga es un elemento imprescindible para soportar el duro trabajo en las colonias fuera de la Tierra. En “Autónomous” esa droga ha dejado de ser ilegal y se ha convertido casi en necesaria para el triunfo laboral. En ambos casos, la droga es un elemento deseable en una sociedad que sobredimensiona el éxito en el trabajo. El giro sutil de Newitz consiste en mostrar cómo el capitalismo desbocado genera en el individuo la necesidad de ayuda externa para cumplir las expectativas laborales.

Autónomous” recrea el sueño de todo empresario llevado al extremo: que sus trabajadores sean felices de trabajar tanto como su cuerpo pueda resistir y que, para resistirlo, deban comprar a un alto precio la droga que les permita llevarlo a cabo. Ningún yuppie del distrito financiero habría podido dejar de emocionarse solo de imaginarlo. “Autónomous” ahonda en un debate social que nunca ha dejado de estar de actualidad: los mecanismos del poder para controlar al ciudadano. En “Farenheit 451”, Ray Bradbury planteaba un futuro sin libros para evitar que las personas pudieran pensar y actuar en consecuencia. Newitz idea una sociedad en la que el control llega a través de una sustancia tan potente que hace que quienes la toman quieran trabajar más y más, convirtiéndose casi en esclavos felices de una necesidad que ni siquiera han decidido tener. El tema asusta, porque más de medio siglo después, la cuestión sigue de total actualidad y seguimos sin encontrar solución a este espiral caótico. Controlar y dirigir la voluntad y las acciones de la población sigue siendo la prioridad para muchos gobiernos y corporaciones. La prohibición de los libros de Bradbury, las fake news de hoy o la droga Zacuidad de “Autónomous” en el futuro no son más que instrumentos para conseguir tal fin.

La novela, además, plantea varios temas de gran calado, amarrados en un thriller lleno de acción, que obliga reflexionar al lector. Entre ellos, el gran dilema sobre la naturaleza del conocimiento: ¿la investigación científica debe ser privada o un bien público al alcance de todos? Disyuntivas como el software propietario / programas de código abierto o el sistema de patentes / libre acceso a los medicamentos, forman parte esencial del relato de Newitz. Hábilmente insertados entre dos tramas trepidantes, las aventuras de la bucanera futurista Jack Chen muestran los efectos perniciosos de llevar el capitalismo al extremo en el ámbito de la biotecnología. Y haciéndolo pone el foco sobre un hecho clave que las sociedades tendrán que resolver en un futuro cercano: no es tan importante el avance científico en ámbitos como la industria farmacéutica, la manipulación genética o la programación de inteligencias artificiales como la capacidad de llevar esos descubrimientos a quienes no pueden pagarlo, la gran mayoría. Al final, la auténtica preocupación no es tanto si “se puede hacer” sino si “se puede pagar”.

Tras los viajes, persecuciones o escaramuzas del soldado Eliasz y el humanoide Paladín, de la heroína Jack y el inexperto Threezed, se esconde, además, un rico universo de sentimientos nuevos, de experiencias inéditas en la relación entre humanos e inteligencias artificiales. Profundizando en caminos que abrieron Asimov o Dick, la obra camina sutilmente por el terreno del aprendizaje emocional de los robots. Y, sobre todo, por la difícil gestión de la cada vez más compleja interrelación entre personas y bots. Puede parecer una realidad todavía alejada de los retos cotidianos de principios del siglo XXI. Pero no lo está en absoluto. El propio Parlamento Europeo emitió una resolución en 2017 con recomendaciones sobre este asunto, expresando la necesidad de prever y regular un escenario de convivencia entre robots y humanos. Esa es otra de las grandes virtudes de la obra: combinar la acción y las mejores dosis de aventura con el trasfondo de reflexión que genera empatía e impacto en la realidad más próxima de a nosotros.

Por otro lado, una de las paradojas que Newitz desarrolla en el libro es la necesidad de algunos humanos de poner en venta su libertad para pode sobrevivir y, al mismo tiempo, la capacidad de algunos robots de recuperarla para desprenderse de la posesión. No deja de ser curioso que en el año 2144, en el que se desarrolla la acción de la novela, esa contradicción sea, salvando las distancias, muy similar a la que tenían que afrontar en la antigua Roma hombres libres y esclavos. En el fondo, pasan los siglos pero los grandes temas de la humanidad siguen siendo los mismos. El gran mérito de la literatura de ciencia ficción es, justamente, recordar que lo que más cambia es el escenario, el formato o el envoltorio, pero que lo que realmente genera inquietud en las personas permanece inalterable.

No es descabellado pensar que, si el futuro recreado por la mente brillante de Newitz se hace realidad, lo que seguirá importando de verdad a las personas es el amor entre desiguales, la libertad y la esclavitud, el dominio de la voluntad de los otros, la pobreza y la riqueza o la capacidad de ejercer justicia, con independencia de los instrumentos que haya que usar para conseguirlo. Al final, quizá debamos mirar con tanta atención a las predicciones de la literatura de ciencia ficción como a las de los sociólogos o científicos. Porque, en realidad, de las mentes de los grandes escritores del género como Asimov, Bradbury, Huxley o Dick han salido muchos de los escenarios futuristas que con el tiempo se han hecho realidad. Y eso, a veces, asusta y otras veces nos fascina. ¿Dónde nos encontramos ahora?

Autonomous de Annalee Newitz ya está disponible en librerías.

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