Jerusalén de Alan Moore

Traducir lo inabarcable, por José Torralba

Hablar de Jerusalén es una tarea tan compleja como traducirlo, así que será mejor que empecemos por el principio. Novela. Toda una vida para pensarla y diez años para escribirla. Tres años para traducirla. Tres volúmenes. 1.266 páginas y 615.192 palabras en su edición original. Vigésimo segunda novela más extensa jamás escrita. Undécima si nos atenemos únicamente a la lengua inglesa. Por el simple gusto de la comparación inútil, baste decir que la Biblia (KJV) tiene 783.137 palabras en inglés, y que es el epítome de libro largo y arduo. De libro inabarcable. De libro más grande que la vida.

Estructuralmente, la obra se divide en tres partes bien diferenciadas de once capítulos, más un prólogo y un epílogo. La primera, titulada Los Boroughs, es una novela coral de corte social muy accesible. A lo largo de sus capítulos, saltamos por distintas épocas y puntos de vista sin abandonar jamás (salvo por una escalofriante excepción) la humilde barriada de Northampton en la que Alan Moore nació y creció, la misma en la que aún vive, la misma que algún día le verá morir. Con un acusado componente autoficcional y no pocas digresiones políticas, la lectura de estas páginas es agradable, poco exigente incluso. La mayor complejidad está en la trastienda, en la documentación necesaria para reflejar adecuadamente periodos, contextos, particularidades, personajes históricos, planeamientos urbanos y giros idiomáticos. Si el lector quisiera, podría coger este tomo, viajar a Northampton y recorrer sus calles como si fuera un participante del Bloomsday dublinés; detenerse en cada rincón, seguir los itinerarios, comprobar el color de cada loseta o tomarse una pinta en los pubs referidos. En la comodidad de un sillón orejero invernal no se advertirá el trabajo que hay detrás de esta parte, pero las palabras del escritor, con suerte, si lo hemos hecho bien, calarán hondo.

Hay un fuerte sentimiento identitario aquí, una elegía por la cultura local, por el respeto a los lugares que fueron y ya no son, por la mercería de barrio que ha sido sustituida por la última sede de una cadena hotelera, por el conocimiento y reconocimiento de una historia que se desprecia porque se ignora, o que tal vez se ignora porque se desprecia. Moore nos habla de su vida, su familia y su ciudad, pero también de la disolución de la idiosincrasia en la homogeneidad de una cultura de masas global, de la depredación de la clase obrera y de un sentimiento antiglobalización que evoluciona a partir de ese mismo anarquismo ontológico que ya germinara en V de Vendetta. Habrá quien se apresure a entroncarlo con un espíritu brexiter, pero sería una tergiversación grosera de alguien que concibe el Brexit como el enésimo engaño de una clase política corrupta hacia una clase obrera desinformada, desorientada en su más que justa protesta. Lo que hay aquí, sencilla y llanamente, es cariño. Aprecio. Una identificación del propio ser con su entorno y su pasado que se extiende al ámbito familiar e histórico, un poco a la manera de la criatura que se creía Alec Holland con los árboles de su pantano. Moore el frío, Moore el calculador, ese mismo que a veces parece tratar las viñetas con el desapasionamiento intelectual de una matriz matemática, ofrece aquí una narrativa emocional y genuinamente emotiva. Cuando le piden que defina el género al que pertenece Jerusalén, él suele responder que se trata de una «mitología genética», pero también podría verse como un rescate familiar, un rescate histórico, como un intento de salvar la memoria de seres queridos, lugares y situaciones de la negrura del olvido. Y, excepto por algún coqueteo con el género de terror y alguna filigrana estilística (hay un par de pasajes en estilo indirecto libre y más de un juego con los tiempos verbales del narrador en tercera persona, omnisciente pero no necesariamente extradiegético), esa emoción se expresa como solo puede hacerse cuando es auténtica: con sencillez.

El segundo volumen de la novela, titulado Humánima (traducción libre de la fabulosa ciudad de John Bunyan, habitualmente referida en castellano con el topónimo de «Alma Humana», pero que requería aquí un neologismo más conciso y sonoro) impone una ruptura argumental, dramática y estética casi total. La narración fragmentada de la primera parte se ve sustituida por otra rigurosamente lineal (aunque con alguna que otra trampa en cuanto a contextos históricos, eso sí). Existen distintos puntos de vista, pero hay un héroe indiscutible rodeado de coprotagonistas. Y el realismo social se difumina para dar paso a una vibrante aventura juvenil, a una fantasía descabellada mezcla de Enid Blyton, Terry Gilliam y Lewis Carroll. Aquí, las dificultades de la traducción se desplazan desde la documentación hacia la descripción de paisajes oníricos, el manejo de términos inventados, la adaptación de juegos de palabras y la traslación eficaz de lenguas construidas. Moore crea nuevas conjugaciones que expresan pasado, presente y futuro a la vez, pero la facilidad del inglés para conseguirlo a través de verbos modales choca irremisiblemente con las complejidades gramaticales del castellano.

Asimismo, la decidida apuesta por el fantástico surrealista, con descripciones que saltan entre el guion historietístico y la narrativa de ficción, requiere un esfuerzo por adaptarse a códigos renovados que, no obstante, participan de esa nostalgia emotiva desplegada en Los Boroughs. Destaca aquí el Moore más aventurero, el más lúdico y de género, el de Promethea y los primeros volúmenes de The League of Extraordinary Gentlemen. Y con todo, aun así, también vemos algo radicalmente distinto. Como en toda su obra, la psicogeografía y el eternalismo juegan un papel crucial, pero el sustrato mitológico que les da forma no es el habitual sincretismo neoplatónico del autor, sino una apuesta directa por el cristianismo. Porque esta es una novela íntima, personal, autoficcional. Y Moore no se crio en un barrio hermético, sino en uno anglicano, con catequesis dominicales, vecinos piadosos e himnos gozosos. Al menos, en el siglo XX. Porque, como si fuera el eslabón perdido entre la piedad juvenil y el gnosticismo adulto del autor, entre su despreocupación infantil y la ferocidad política de su madurez, la historia del barrio explica quién es Moore. Nido de rebeliones y sectas inconformistas, la crónica de los Boroughs —repleta de ranters, muggletonianos y panfletos virulentos, de proclamas antimonárquicas, republicanas y libertarias— y su progresiva trayectoria hacia la docilidad política, religiosa y cultural son, en cierta medida, opuestas a la del autor de la novela. Si a los Boroughs los han sometido a sangre y a fuego hasta hacerlos encajar, Moore se ha liberado de esa desnaturalización remontándose a los orígenes y vicisitudes de la zona que le hizo ser quien es, pero siempre sin abstraerse de su bagaje.

Inmersos en estas reflexiones, llegamos al tercer volumen, La pesquisa de Vernall, y aquí el pacto narrativo vuela por los aires. Los capítulos saltan entre puntos de vista, estilos, géneros, homenajes… Uno está escrito en primera persona, otro en versos de métrica inusual, otro en corriente conciencia, otro a la manera de Michael Moorcock, otro en un idioma subjoyceano ininteligible, otro al modo teatral del mejor Beckett, etcétera, etcétera. Es un volumen complejo, arduo, exigente. Es el Moore libre y experimental de Watchmen, el mismo que aplicó los fractales de Mandelbrot en el gran proyecto inconcluso que fue Big Numbers, el de la disección quirúrgica y minuciosa de ese microcosmo histórico que compone From Hell. Los lectores que lleguen querrán arrancarse la piel a tiras, al igual que la mía yace tirada como una camisa ofidia en un rincón de la habitación, ya mudada, ya reemplazada, ya curtida por el esfuerzo de traducirlo. Con todo, Moore no renuncia a su esencia, a su naturaleza, a su espíritu. De una forma u otra, los autores a los que alude se vieron inspirados por el barrio y se relacionan con sus espacios a un nivel muy personal. El vecindario los inspiró, ellos después lo inspiraron a él, y yo recogí esa experiencia para intentar transmitirla al lector.

Jerusalén, como la Biblia con la que rivaliza en extensión, es un libro de libros, una historia de historias. A lo largo de sus páginas, despliega un artefacto cultural que participa del eclecticismo inclasificable, la mímesis realista y los espacios heterotópicos del posmodernismo mientras niega su ironía y su hedonismo. A veces es cruel, a veces es cálido, pero nunca es insensible, ni distante, porque ese rescate familiar e histórico del que hablábamos es íntimo, y todo lo íntimo se ama incluso cuando se odia. Ninguna obra en la trayectoria de Moore permite una comprensión tan holística de su vida, su familia, sus inquietudes y sus obsesiones. Traducirlo ha sido un sueño y una pesadilla. Espero que leerlo sea, cuanto menos, una experiencia interesante. Y también intensa.

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